Uno de los paisajes más bonitos de nuestra comarca lo tenemos en la dehesa, y como es algo tan nuestro, tan de casa, apenas si lo apreciamos. Curiosamente, lo estimamos simplemente (en teoría) cuando nos lo refriegan en los folletos o en itinerarios de senderistas, que con mucho celo nos recuerdan la belleza de estas formas vegetales y la celosa nómina de aves y especies que nos podemos encontrar. A veces, hasta nos parece un mensaje un tanto pretencioso, discolo y de mentidero, como falseando la realidad. Lo dicen como queriendo justificar de alguna manera el alto valor ecológico, la importancia de la fauna (como si no la conociéramos..., que a veces ni eso) y la flora para aquilatar este entorno para los turistas y visitantes. Bueno. Me parece bien que se le dé esa lectura un tanto folletinesca, pero la dehesa y el encinar son muchas cosas más. No solamente una estampa de un día, de un poema o de una postal. El encinar es y ha sido el sustento de nuestra vida. De nuestra economía ganadera, por supuesto, y la base nutricia de nuestra historia, no solamente en lo económico, sino en otros aspectos que creo fueron importantes (aprovechamientos, control del territorio, etcétera...-según dice Vero). Pero a mí me interesa la dehesa en su totalidad, en su globalidad inmensa (conocer,sentir y vivir), y eso se vive (v.r) desde el diario y de forma completamente normal. Y la gran mayoría, por suerte, podemos disfrutar de ella sin mayores aspavientos. En la dehesa aprecias los colores del verdín al son de las estaciones, y los olores y humedades; y miras las ráfagas de rayos entre las encinas y encuentras la chispa de la mañana: allá de madrugada, cuando los matices son tintes de oro verde entre la hojarasca; y cuando llueve sientes los resudores de las hojas y las ramas, y la rugosidad de los troncos te agrede con aquel estado de saciedad y borrachera que hasta te ensucia por fuera (¡pero qué gusto da a las yemas de los dedos!); y entre las encinas y las vacas descubres el cielo y la tierra, que son el sustento de este bosque, la cuadratura del pentagrama de nuestra vida. A mí me gusta andar sin tino por el encinar a lo ancho y a lo largo (sola y acompañada con el susurro del aire), contemplando la planicie inmensa de copas diseminadas que cubren el terreno como un mar con tonalidades dispares y completamente hermosas (mil verdes en la paleta de un pintor avezado). No hay nada más bello que trajinar durante todas las estaciones para sentir el ciclo de la vida a pleno pulmón: para saciar los sentidos en su plenitud, en su variación constante, y sentirte dueño de tu pequeño universo. En el encinar de nuestros pueblos cumples, entre este bosque, con una existencia infinita que une el presente, el pasado y el futuro. La encina nos vincula en un abrazo apretado a nuestros mayores, que vieron los mismos pies y las mismas copas..., que dejaron sus sudores al arrimo de sus troncos y que soñaron ilusiones de futuro. El encinar es nuestra casa; la de siempre.
martes, 8 de octubre de 2013
domingo, 6 de octubre de 2013
Visionario (microrrelato)
En el risco del Reventón, observando empingorotada la torre de la iglesia a lo lejos, Rafael llenaba la cabeza de su nieto con fantasías que le hacían sonreír; sobre todo por la incredulidad de las falacias. El viejo pastor había pasado su vida trajinando el ganado de un sitio para otro, desgastando las sandalias en mil leguas y apreciando las diferencias de los lugares y de los tiempos; mascullando en sus adentros las novedades técnicas de los castillos y ermitas, las de los puentes y molinos; las portentosas iglesias y las calidades indiscutibles de caminos de piedra..., de aquellos que él bien sabía que tenían cientos de años de antigüedad y habían aguantado hasta sus días. Siendo rabadán había presenciado el riquísimo cortejo del Rey Fernando, ataviado con ropajes de finísimas pieles y carruajes extraordinarios..., armamentos desconocidos y eficaces herramientas para desbrozar el paso de la comitiva abrumadora de forma rapidísima. Siendo zagalete en las tierras del norte había contemplado vestigios de otros pueblos antiguos venidos a menos, pero las monumentales piedras y arcos hablaban otro lenguaje y otras formas a las de la pequeña iglesia de la aldea. Ese tránsito del tiempo y sus cambios le había encendido siempre la curiosidad por aprender y descubrir los vericuetos de los hombres. Sabía de cierto que lo de antaño no era lo mismo que lo de ahora..., y con buen criterio aseguraba que lo de después habría ser también muy distinto a lo que él y su generación había vivido. De esta guisa que en su vejez y con su ceguera, pero con imaginación muy encendida, ilustraba al inquieto Antoñín sobre los misterios del mañana. El imberbe mozuelo, teñido aún de una sana inocencia, escuchaba como lelo mirando al horizonte e imaginando aquellas fantásticas mentiras. Bien sabía él que su abuelo avejentado ya tenía perdido un tanto el sentido, y esbozaba sueños de delirio..., pero eran tan bonitos y creíbles que hasta le parecía que pudieran ser verdades algún día. Ves Toñín, esa torre del Salvador que hace el maestro Hernando para deslumbrarnos algún día será poca cosa; ¿cómo dice, abuelo? Pues eso, que habrá casas más grandes y se levantarán obras que casi lleguen al cielo; y la criatura sonreía por lo bajilis con la ocurrencia descomunal. Habrá un día –le seguía diciendo ensimismado en su interior– que todos nosotros podamos ir a las villas fronteras y a la ciudad en un pis-pas, con carruajes que nos lleven casi volando. ¿Y cómo será eso, abuelo? Pues no lo sé, hijo, pero será así. Y habrá máquinas que suenen más alto que las campanas y se oigan a cien léguas, y burros más ligeros..., y hasta las noticias y chascarrillos del montaraz los sabrá todo el mundo sin necesidad de dar voces. Qué cosas dices, abuelo: ¿pero a que no podremos volar como los pájaros? Pues mira, yo creo que algún día hasta le sacaremos el arte de volar y los dejaremos chicos en cielo....El zagal se desencajaba de risa con tamaña barbaridad. Todo está en saber y conocer lo que nos rodea –le porfiaba un tanto enfadado–, y alcanzaremos a copiar a las aves y los peces, a los cochinos y la fuerza de los bueyes; y si hace falta copiaremos máquinas a su imagen y semejanza: con su cabeza, sus ojos y cuartos traseros de tiro. Ja, jaaaaaa.....Los pájaros que el abuelo tenía en la cabeza entretenían sobremanera al muchacho, que de tanto oír aquellas patrañas e ingeniosas inventivas algunas veces llegaba a sospechar una posible certeza. Aunque muy pronto volvía a la realidad cantoneando con la cabeza y denegando aquellas barbaridades. Cuando se hacía tarde en el horizonte, le ayudaba cariñosamente al viejo a bajar del cerrillo y en broma le decía el socarrón mozuelo: no te preocupes, abuelo, que algún día inventarán una silla que lleve solo hasta casa; aunque han de pensarla muy bien, porque la cuesta de la ermita de Santa María se las trae. ¡Qué diablo de crío! –mascullaba Rafael entre dientes–.
viernes, 4 de octubre de 2013
Seriedades, risas y bromas
Estamos un poco como el tiempo. Tan pronto nos asusta con el otoño, amenazante de aguas que no caen y pronósticos vacuos de esperanza, como nos da largas para mantener las mangas de camisa y seguir con la terraza a pleno pulmón. Así andamos en Los Pedroches, en un sinsabor que ni es dulce ni agridulce, ni ácido ni amargo. La cotidianidad marca una gruesa monotonía que nos lleva por la senda anodina de este ciclo de la vida, y ya no hay ni las chispas bullangueras de feria ni actos de relumbrón en nuestros pueblos: que no sirven para mucho, pero hacen ruido y hasta se pintan con el colorín de los fuegos artificiales, que aunque se desvanecen parecen algo. Bien es verdad, y dicho sea de paso, habría que agradecerle mucho a los munícipes desvelados por nosotros, que siempre están pensando en nuestro bien con frenesí, y no paran de hacernos proposiciones para culturizarnos. Gracias, muchas gracias. Y si la cosa cultural está pendente de un hilo, la política tampoco da para mucho, porque ya no hay ni espectáculos de plenos (en las vecindades de al lado) ni voceríos malsonantes, ni blogs que nos alegren los ojillos con mucha creatividad. Las cosas serias del mundo mundial, como la crisis y los esperpentos de los gobernantes, ni nos conmueven, porque son ya muchos los palos que recibimos a diario desde hace tiempo, y hasta nos hemos hecho a ellos como los burros, en un desconsolador masoquismo, pues ya ni nos duelen los latigazos. Nada de nada. No nos conmueven ni los sismos fantasmales ni las vacas más jaraneras, que hasta están contagiadas de vernos con un no-se-qué que hasta les asquea a ellas. Entre las risas, pues surgen muy pocos motivos también para el divertimento. Lo del AVE y las bufonadas de turno suenan a befa y mofa de mal gusto, pues los políticos no son buenos actores, aunque practiquen a diario el arte de la chufla; pero todo se queda en esperpento de muy grosera escenografía. Así las cosas, me toca como siempre trabajar (¡que me voy...¡) y dejar de hablar cuando no encuentro de qué hacerlo, y a veces hasta me viene la inspiración en el trato con los animales: porque hablar no hablan..., pero me dicen más verdades que los capitalinos que anonadan con el porte y traje de la Corte (pero es porque no mandan nada, creo yo).
viernes, 27 de septiembre de 2013
Agua
Ya llega el agua. Hace mucho tiempo que el campo la está necesitando, y será bienvenida. Desgraciadamente a algunos les va a aguar la fiesta, pero como dice el abuelo, no es posible costal y castañas. Creo que se pueden compaginar bien ambas cosas, porque al ferial de la capitalita se puede ir con paraguas y bailar al son de la música. Si bien es verdad que lo siento por toda esa gente negociante que han puesto su dinero para vender en la calle y no lo podrán hacer. Ahí sí que lo lamento. También por el deslucimiento que sufre la fiesta de los vecinos, pero quienes vivimos del campo estamos asfixiados y el ciclo del tiempo tiene que seguir su ruta. Bueno, a ver si se pueden compaginar todas estas cosillas y quedamos todos contentos. En el medio está la virtud, dice el abuelo.
martes, 24 de septiembre de 2013
TARUGolandia en Ferias
Hoy se viste de gala la capitalita con su fiesta grande. Añoche estuvimos las amigas dando un paseíto, y ya se olía en el ambiente ese sabor de la alegría contenida que tienen las vísperas; ese rumor callado que está pronto a explotar, y esa espera incontenida que se proyecta en cantidad de gente que observas con mucho más bulto que de costumbre. Esta tarde con la cabalgata, y por la noche con los fuegos, romperá de lleno aguas el ferial y el poblachón pozoblanquero presumirá como nunca de grande y de bonito; de suelto, amable y hospitalario, tirando la casa por la ventana y presumiendo de ciudad en dispendio con el concurso de los pedrocheños. Grandes y pequeños se lanzan en esta semana al solaz de las alegrías, de los fuegos y concursos, aparcerías interminables y carteles culturales avalados por la casa grande (ayuntamiento). Hay para todos, dicen, y será verdad. Los últimos años me ha parecido contemplar un nuevo fenómeno (visto de lejos, claro, porque yo no vivo allí), como es retrotraer de la feria cierto ambiente hacia el pueblo en las aparcerías, dando ambientillo al centro y calles limítrofes. Y ahí vaya si se nota que están de fiesta. Pozoblanco y su feria son para todos nosotros una referencia comarcal, anual y estacional (fin de...), porque marca un punto de diferencia por su volumen, aunque lo pierde en intensidad y la hermandad que tenemos en los pueblos. También se pierde en disparidad de ofertas festeras, que tiene su punto bueno y malo, aunque parece que también andan comedidos con el euro y le miran hasta el canto. Aparte de la parafernalia, que es mucha, lo cierto es que ha perdido bastante según dice el abuelo Manuel en personalidad; a él le escucho hablar del ayer y me quedo un poco anonadada..., cuando me dice aquéllo de que los espectáculos taurinos movían masas ingentes, muchísimo más que ahora, y eso que aún les queda un rintintín; también con esos espectáculos musicales, teatrales y de otros géneros, pues venían (según él) los más nombrados del panorama nacional, y conocías a las primeras figuras del cante y de la escena (no sé si no serán exageraciones...). Claro que lo que me cuenta de antaño, cuando no había fiestas y juergas diarias bien lo entiendo: porque entonces sí que me creo que la ilusión de la feria era infinitamente mayor; la espera desasosegante; y los ojos de los chavalillos brillarían como estrellas con todo su fulgor cuando vieran aquel ambiente que no conocían apenas. Hoy solo nos queda el manido botellón, la masa boba y la madrugada sin descanso (cuando vamos). Y eso luego el cuerpo lo paga de verdad en el trabajo de la vaqueriza. Pero bueno, demos la bienvenida y enhorabuena a los tarugos, porque ha llegado su fiesta. A disfrutar de lo lindo.
domingo, 22 de septiembre de 2013
OTOÑEANDO
(fotografía Moises Vargas) Abocados estamos ya, de forma inminente, hacia el otoño. Van quedando ya lejos las alegrías del verano (en todos los sentidos) y las ráfagas de fuego que el tempero nos regaló este año con escatimo y tacañería, aunque no han faltado requiebros buenos de sudor en la vaqueriza. Ahora toca el solaz del apaciguamiento otoñal, con esas aguas ansiadas para nosotros que parece que ya están a la vuelta de la esquina; aunque suframos aquí dentro el fragor del estiércol y la suciedad envenenada que genera el líquido elemento. Volveremos al temple del refresco y a la hojarasca, al cielo limpio y a la amenazante oscuridad de la tarde. Y el campo marcará el ritmo de vida como nunca cuando la luna esconda allá en lo alto su blanquísima túnica de fiesta. En los pueblos la zozobra del verano tiene ya las horas contadas, y el trasiego de la normalidad se impone por encima de todo, y el silencio gana a la estridencia. Todo esto parece invadirnos el ánimo, y en cierta forma es así, pero a mí me gusta y me contenta este ritmo calmo que se impone, con el tenue declinar hacia el ocaso del estío después de un exabrupto de explosiones variopintas de ajetreo. Creo que es bueno que se avance hacia el otoño, y el susurro del agua nos caliente los oídos, y el suelo mojado nos avive el olfato..., y respiremos aire limpio. Hace falta. A mí me encanta saborear los cambios del campo en lo más hondo; tocar los ciclos de la vida con las yemas de los dedos y saber que la rueda de la tierra y del cielo siguen por sus fueros. El patio de la abuela va marcando el finiquito del verano: con el parral agostado ya de vida descargando el fruto sempiterno, que este año es más bien malo y de poca calidad; y a la zaga le anda el peral adormecido de bondades, y el ciruelo nos regala sin codicia y mucha merma; y el membrillo se pierde en sueños de esperanza pasajeros. ¡Ay, que el huerto está mirando ya los horizontes del mañana, con ansias de espera y otro tiempo! Por lo demás, solamente queda seguir el día sembrado de colores..., y el disfrute del verdín que ha de venir, del frescor que ha de llegar, y del sabor bueno y hondo del otoño.
sábado, 7 de septiembre de 2013
Pedrocheando
Hay cosas que no se pueden explicar fácilmente. Con asiduidad asistimos y celebramos fiestas, saraos y botellones de todo tipo, pero ninguno es como nuestra fiesta grande del pueblo. No basta con salir a la calle, beber y despotricar por todo lo alto, que eso lo hacemos de continuo y hasta nos sentimos alegres y dicharacheros. Pero la Fiesta de verdad, la de todos, la que nos llena hasta el fondo y donde nos desfogamos de alegría es en Los Piostros. Creo que se juntan todos los ingredientes posibles para que sea un disfrute colectivo, y eso solo lo da la tradición, la espera, la familia, el pueblo y los que vienen del pueblo, los allegados, y hasta los turistas (últimamente). Los signos de identidad más nuestros salen a flote con el agua del otoño en ciernes, y la devoción a la Virgen de Piedrasantas se enciende hasta en los que no pisan nunca los umbrales de la iglesia. Hay que ver cómo hasta en un Estado laico se tambalean hasta las piedras del ayuntamiento para ensalzar a la Virgen, que es la estampa insustituible de la fiesta (aunque no mueva ya voluntades de mayordomía); como los piostros, que embargan nuestros corazones de alegría cuando los vemos y sentimos cabalgar desaforados por la cuesta del molar hirviéndonos la sangre. Año tras año revivimos la tradición como un rito que traduce nuestra identidad; con una solemnidad que, aunque esté revestida de elementos obsoletos, y ajenos a nuestras creencias actuales (tal como las tenemos y vivimos), las sentimos en lo más hondo y hasta el corazón y la garganta se nos cuaja. Esto es la fiesta en el sentido más profundo y verdadero, y la corriente sigue por sus cauces. La fiesta se vive. No estás en ella desganada y mortecina, sino contenta y alegre con los tuyos, con las amigas tildadas de jinetas y con todo el pueblo echando la casa por la ventana; viviendo con una intensidad inefable, como si el mundo se acabara y quedara fuera de nosotros. Difícilmente podría expresar el orgullo de las pedrocheñas subidas en las jamugas señoreando su alegría y contento, porque eso se lleva en la sangre. Pedroche vive ahora su fiesta grande.
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QUE PARE EL TREN EN LOS PEDROCHES
Vista Parcial de la Manifestación en la Estación de Villanueva





