Hace tiempo que el nobel peruano sacó la novelita del Héroe Dicreto, que conviene leer y es recomendable para disfrutar y reflexionar. No solamente por la buena Literatura, sino porque el argumento tiene su interés. Vargas Llosa nos trae de
nuevo una novela asentada de su tierra. Sencillas tramas que arrastran al
lector por un hilo narrativo fuerte, fijando muy bien el argumento (chantaje) y creando elementos de
intriga suficientes; solucionando los conflictos finalmente de forma satisfactoria. Un poco a título de lección magistral o moraleja tradicional. Los cánones ante todo. Lo
más interesante es el lenguaje de este nobel y la contextualización de la
obra. De nuevo salen por todos los poros los personajes y esa América Lantina
tan singular en el lenguaje y en la mentalidad, que poco a poco se va
destilando en todos los extremos. Además de los protagonistas, aparece la Bruja
o Santera Adelaida que me encanta, esa mulata e inspiradora y visionaria de los desaliños humanos que aglutina tan bien ese
mundo americano plagado de misterios y
creencias tradicionales, apegadas a la sociedad tradicional latina. La trama se centra en un tema cotidiano sin más, pero el autor sabe encontrar en ello mucha sustancia; y eso es lo bueno de estos maestros, que partiendo que la pura realidad, glorias y miserias, sabe dar lecciones a lo grande. De esas que calan hondo, porque dicen mucho con bastante poco. Eso sí, nadie como estos autores americanos para traducir la cultura del otro lado del charco con tanta precisión y contundencia. Y por supuesto que me encanta la caracterización tan nítida de Don Felícito, que conmueve por captar tan bien con hondura a todas esas personas a las que retrata, sus heroicidades en la vida y esa manera de asumir las groserías de tantas existencias. Dicen que esta novela no es precisamente una obra maestra, y que el autor tiene el listón más alto..., y es cierto seguramente, pero la pluma de un maestro siempre es magistral (o casi siempre), porque es él mismo en su esencia. La recomiendo.
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martes, 21 de enero de 2014
viernes, 27 de diciembre de 2013
Pañuelos bajo la Lluvia (Félix Ángel Moreno Ruiz)
Tenía pendiente de leer esta obrita
de un tarugo, y ya lo he hecho. En reiteradas ocasiones he referido que no me
gusta demasiado enjuiciar obras que vienen tildadas con premios, pero no me
importa hacerlo, toda vez que una servidora dice lo que de verdad le parece sin
ningún remilgo. El escritor pozoblanquero ha optado en esta ocasión
por el género teatral a la sazón de un concurso (obteniendo el accésit del VIII
Premio El Espectáculo Teatral), y tal vez haya que entenderlo en esa
perspectiva de un experimento…, pero apostando fuerte a ver si sale. Y salió en
parte. He leído la obra de un tirón y me ha parecido más que aceptable. Hace
algún tiempo leí su primera novela policiaca (Un cadáver en la Maleta, Ed. Cuadernos del Laberinto, 2012) y calibré
bastante bien la talla del autor. Ahora vuelvo sobre su última edición y me
reitero en lo que ya percibí: es sin duda un escritor de oficio (aunque con
poco recorrido aún) que conoce bien los cauces de la Literatura (teoría) y los
pone en práctica. Eso es lo que me parece de nuevo. Aunque en esta ocasión ha
optado por el teatro, demuestra que conoce bien los entresijos de la Literatura
y los sigue a pies juntillas (forma y
aparato, planteamiento, desarrollo y desenlace), haciéndolo con maestría en
cada uno de los extremos. Creo que está tanteando los terrenos (a ver si me
atrevo…). Me ha resultado muy grato comprobar que no solamente plantea bien el
argumento, sino que sabe dirigirlo adecuadamente dándole el ritmo necesario
para crear intriga, cuerpo suficiente a la trama para desarrollar el tema, y la
intensidad deseable en el desenlace para culminar con la máxima exaltación del
argumento. Una vez más debo subrayar que domina bien el lenguaje, escribe con
propiedad y suficiencia verbal; con el debido comedimiento y sin excesos
innecesarios. El argumento que desarrolla es bueno y está de moda, y tal vez
cabría calificarlo de oportunista si le hubiéramos visto más obras y elecciones similares; sin embargo, aquí puede
obedecer a una inquietud personal, a una crítica social loable y a una cierta
casualidad (no buscada en exceso). Félix Moreno expone el tema con un
compromiso admirable y mucha claridad, con valentía en esas puyas tan directas
sin remedo alguno de mediocridad (de la crítica de otros) hacia esa sociedad
malvada (familias que acogieron..., hombres del régimen), cuya catadura moral queda perfectamente
definida. Realmente nos perfila un contexto sociopolítico de los setenta
muy bueno, el que abriga los
acontecimientos, si bien luego el autor es timorato en la contraportada irradiando como
dice a “una dictadura hispana cualquiera”.
Bueno; a aquí hay que mojarse de lleno y no andar por las ramas. Con todo, en
el desarrollo argumental es contundente, y retrata con precisión el escenario
de la represión y el escandaloso robo de Julia, bajo el disfraz que les ofrecía
la dictadura a sus protagonistas (que no fue simplemente uno). Los personajes
están bien caracterizados, pero creo que podría haber ahondado un poco más en
ellos, con más aristas y mejores vértices, y no desenvolverse simplemente en el
canon del tópico que todos tenemos en nuestro imaginario (sobre todo quienes
vivieron esos tiempos). Ya dije en su anterior obra que el autor tiene y debe
de soltarse más. Sigo pensándolo. Sigue a pies juntillas
los géneros y ahí es un maestro escribiente (se sabe cómo se escribe). Pero la
Literatura, la buena, la que debe alcanzar cotas más altas, requiere que se
implique más la personalidad del autor en definir cosas nuevas; profundizar en
el alma humana y en los retratos de sus personajes con mucha más novedad y
creatividad…, con señas de identidad propia que te alcen por encima de los que
simplemente describen. Alzar por encima de todo tu personalidad de escritor con
una forma propia. Creo yo (ja, ja, ja). Es broma; pero a tener en cuenta. Por
mi parte creo que es recomendable su lectura y está sembrada de sensibilidad y
verdad hacia un tema tan crudo que…, como dice Julia en lo más personal e
intrincado de su alma (su descubrimiento)…, da asco. Léanlo y feliciten al autor
de mi parte. Aquí hay madera de escritor. Enhorabuena. Susana F. R.
jueves, 18 de abril de 2013
París era una Fiesta
Qué lejos de nuestro mundo, en tiempo y espacio. Cuando lees estas obras clasiconas (porque lo son) te queda un sentir agridulce; al menos a mí. Hace tiempo que tenía pendiente esta lectura (y otras, claro), para compaginarla con otras cosas nuestras, y la verdad es que el mundo es una inmensidad. Estos días la he leído entre los ratos de ordeño, sin prisas y con deleite. El americano de marras es un maestro, nadie lo pone en duda, y escribe con una soltura envidiable utilizando muchos recursos literarios..., pero de una manera muy llana y convincente. Cuando lo lees parece que estás simplemente siguiendo a pies juntillas la estela de la pura cotidianidad (que en esencia sí lo es), la transcripción de una existencia tal cual se vive, y eso es cosa grande. Muchas veces explicar lo más simple de la vida es lo más complejo, y muy pocos saben hacerlo con este magisterio. Me recuerda mucho (salvando las distancias..., infinitas del tiempo y de las formas) esa máxima del s. XVI español que proponía escribir como se habla y decir como se vive, como si fuera cosa fácil (cuando me lo decía el profe de lengua no entendía mucho qué quería decir). Bueno, son cavilaciones sin sentido. En el París era una fiesta Hemingway me ha llevado a ese ombligo del mundo que el vivió, y de qué manera, a comienzos de siglo pasado; ese contexto de los veinte timbrado de una felicidad en la epidermis que tantas carencias escondía (creo). Qué vida y que maneras de subsistir la de estos escritores que coinciden en el tiempo como pompas de jabón. Me parecen mentira dos cosas a estas alturas de nuestros tiempos: cómo se refleja esa bohemia descarnada de superficialidad, porque era real, y esa convivencia de maestros de la pluma. Cuando lees a este cuentista, sus cuitas, reflexiones y compañías no puedes por menos de pensar, pues que suerte (coincidencia, o qué) convivir, conocer y coincidir en esta vida con Shpman, Ezra, Walsh o Scot. Casi nada. En estas circunstancias no sabes si existen los genios, si se hacen (los hacemos) o son las medianerías las que nos dibujan lo que consideramos grande (de la Literatura). Son reflexiones que siempre me quedan, aún cuando la obra que acabo de leer no tiene pega, y me ha trasladado muy bien a esos años y a ese ambiente que ya quisiera yo para mi vida, con todas la precariedades que pasaron. No sé. En todo caso la distancia es grande y la mentalidad distinta.
martes, 10 de julio de 2012
Sentimiento de un periódico

Ayer me tropecé (pues buscaba cosa muy diferente) con un libro de remembranzas de la comarca haciendo acopio de lecturas para el verano; y como también es cosa de estar al día en las cuitas de la comarca me hice con él. Es un recopilatorio nostálgico de la desaparecida publicación de Los Pedroches Información, que hace años (noviembre, 2008) dejó de ver la luz, y ahora le quiere rendir tributo uno de los periodísticas de aquella prensa local. A todas estas peripecias periodísticas les pasa siempre lo mismo en la comarca, pues tienen su tiempo contado (creo) y muy medido por no haber tentado bien el terreno que pisan, y es que en los tiempos modernos (como decía la zarzuela...) las cosas avanzan una barbaridad, ¡y en la letra pública de molde ni te cuento! Casi nunca apuestan por cosa novedosa o diferente a lo que ya te ofrecen otros medios y de forma más rápida. Por dentro el texto hace gala de lo que presume el titular, con un recordatorio cargado de añoranza de unos y otros (autor, y comensales) que tiñe sus páginas con prólogos de plañidera, y motivos no le faltaran a los que han sufrido aquella pérdida cuando todos andaban (al parecer) en ciernes del periodismo y de la política. Los años jóvenes, y especialmente en el retortero de la pluma, siempre dejan un sentimiento encendido (dicen). A mí me pillaba un poco joven e inmadura la susodicha publicación semanal, y lo que leo ahora me traduce un tanto la inquietud de aquellos años con algunos matices en el continente y en el contenido. Más allá del interés informativo de cosillas de cierto pujo al paso de los años, se recogen artículos diversos e interesantes de los plumillas de la comarca, emergentes periodistas, colegiales avezados y algunas firmas de las progresía intelectual, que dice mi hermana Vero con rintintín (como es). Yo leo con fruición esas sensibilidades críticas, casi siempre, y esa inquietud intelectual junto a la mirada sólida que hacen de los principales temas de interés del momento. En ocasiones las retrospectivas de opinión resultan muy sustanciosas; y hasta te hacen reflexionar un tanto. Son muchos los temas de los que se hablaba, aunque con ciertas presencias que tuvieron auge en el momento. En algún punto el recopilatorio articulero me causa desazón (no por el recopilador, sino por lo que se recoge). Desgraciadamente me confirman –aunque se trate seguramente de una selección atinada– el escaso protagonismo de la mujer en nuestra comarca: tanto en las autorías de artículos como siendo objeto de noticia. Con tanta ausencia se constata muy bien el perfil machista de una sociedad que aún camina por los fueros de la desigualdad. Entre las lecturas del susodicho libro aparece muy poco del sentimiento femenino, que no va más allá de la emocionada carta de una periodista en ciernes en la redacción (Vanesa), con alguna otra noticia de soslayo (de María Rubio, Mª. Mena, Tránsito Habas...) y las desgraciadas peripecias en que la mujer es objeto de maltrato o de enfermedad (Miércoles de Pasión para una mujer, Cartas a Carmen...). La mayor parte abunda en la mirada varonil de escritores y poetas en forja que buscan sacar cresta coloreada en la contrita Cultura de la comarca. En todo caso, un testimonio sentimental de cierto valor para echar la mirada hacia atrás observándonos en el espejo del tiempo. Y un esfuerzo del autor para dejar en nuestra memoria esa experiencia de la prensa comarcal.
jueves, 3 de mayo de 2012
Mester de hortelanía
Acunado bajo la farula –que dicen los argentinos arrabaleros, tan denostados hoy en día– del papel impreso, ha salido a luz la última obra de Pérez Zarco. Como dice el propio autor es un recopilatorio misceláneo de las eventualidades del espíritu escrituradas (cual agente fedatario del alma de hortelano) en el Pisapapeles de Karlsbad. A menudo leo esos desquites de la cotidianidad hortelanil en beneficio de la pluma, que me parecen interesantes y muy sujetos a ese mester que al autor enreda de cuidado. Zarco no es simple escribiente y mucho menos marchante; es tozudo amante de una literatura en desuso, de convicción firme y de templado talante, que le deja en todo caso fuera de los círculos de los literatos al uso. Fuera por lo tanto, también, de las opciones de ese mundo tan manido de groserías. El torrecampeño de adopción no vende su alma al diablo, y escribe lo que quiere y como quiere. Es muy suyo. En este Mester que nos presenta, de hortalizas bien variadas, se aprecia bien lo que le gusta y abomina, aquello que le encanta y sublimina: un palimsesto de aforismos bien pensados; mucho de sus adentros bien masticados en el escardeo; fina crítica literaria en puntilla de canela y algún que otro relato de varietés (filosóficas, éticas o estéticas) que están sembradas en un nutricio vivero y van más allá de inocentes expansiones. A mí me gusta bastante lo que escribe, aunque teñido a veces con ese velo de plañidera de convicción. Pero lo encuentro fino y muy preciso en el lenguaje, atinado en la reflexión y el pensamiento quedo (con mucha memoria, por ventura), y no exento de esa pizca (mucho más) de rebeldía que antaño fuera ilusión transida (ay, esos sesenta...). Creo que es más poeta que otra cosa, y en aquel aliño hace proezas..., el resto se mueve mucho en asideros firmes y en canteros muy medidos. No es tanto el riego suelto que presume, ni vemos planteras con desmán. Poco y bien vale más que mucho y mal; y el cordobés camina plácido y gozoso en la carreta cargada del helo bien encalcado. Tal vez esa es la crítica más fuerte se le puede hacer. Uno es libre de sembrar siempre lo que quiera (faltaría más...), pero como dice el hortelano sabio, hay que tentar siempre al terreno y hacerle nacer hasta el verdín de colores (que dice mi abuelo). Hasta en La Gavia transida de cultivos ciertos se pueden sembrar nuevas verduras y hasta cambiar el horizonte si es preciso. A veces no se atreve. Creo que ha sido buena idea poner en letra de molde y al papel los artificios del espacio etéreo. Porque yo pienso también que el libro clásico tiene su lugar. Y esta obra merece tener un sitio en el anaquel de Los Pedroches, aunque como bien se anota en ella, los escritores tienen como los toreros sus tardes. Y aquí se ve bien.
miércoles, 25 de abril de 2012
Los ojos de Natalie Wood

A decir verdad, me cuesta un montón escribir de los autores que salen tanto en prensa y cuentan con pedestales por doquier; con micrófonos a espuertas y voceros de onda larga y múltiples frecuencias. Leí el libro en los requiebros del tiempo que me dejaba la Feria ganadera, pero lo hice con buen tiento y reflexión. De este autor siempre salgo desilusionada, pero esta vez esperaba (una vez más) un cambio de timón y cosa nueva al brillo de las loas y la farándula editorial. La verdad (la mía) corre por derroteros bien distintos, y es ya infortunio de sazón en mi insistencia. Tengo que reconocer que el título de la Nikolayevna siembra un punto fuerte de atractivo (eso dice Juani), que es simple fuego de artificio que se despeja sin mayor aprovechamiento que una simple curiosidad. El libro es todo él Andrada y completamente Andrada, sin pizca alguna de novedad. Un argumento insulso que redunda como siempre en monólogos narrativos interminables de un hombre cansino, débil y enfermizo, abúlico y solitario, que solamente sabe retraer su mirada hacia la nostalgia del pasado. Es santo y seña de la casa. Brotan de nuevo cansinas las manidas escenografías de Veredas Blancas (ermita de Guia y Cementerio, en esta ocasión), sin ápice alguno de bosquejar nuevos horizontes; la Mina Diógenes y las pequeñas incursiones manchegas (de Puertollano) a penas si son melifluas transposiciones de un mismo tema, bien manido por el autor. Realmente no hay argumento y parece que estás leyendo el libro de siempre (lo lamento). La incursión en el mundo de lo sobrenatural es poco creíble, ingenua y nada literario cogido como lo hace, pues la película de Los Otros (de Amenábar) se queda aquí bien disminuida y en poca cosa. Igualmente me resulta reiterativo el perfil paterno argumental sometido a principios de amor-odio, completamente infantil, que me recuerdan tanto el pincel de D. Antonio Vallejo Nájera: de ese cuadro clínico de un Edipo mal resuelto. Que al ser reiterativo en el autor...hace pensar. Sobre el figurismo narrativo hay poco que decir. Habrá gente, y no lo dudo, que encuentra en la prosa del maestro encomiables tintes de ornamento literario, aunque para mí no pasa de ser una indecente borrachera de un lirismo pesado e imposible de digerir (y mira que pongo ganas). ¿Cómo se puede abusar de un modo tan inmisericorde en cada párrafo de metáforas (si es que lo fueran)? A mí ni me resulta grato ni literario, pero claro que una no entiende ni mijita. En resumen, me ha parecido una vez más Andrada. No sé cómo dicen algunos (y él mismo) que es una obra muy masticada en el silencio de cinco años. Vamos, vamos. Andrada en estado puro, y no digo que eso sea bueno o malo. Desgraciadamente me gusta decir la verdad de mis lecturas, aunque no coincido con otros (gracias a Dios para la comarca), pero tengo mis pobres y humildes criterios. Para verdades..., ya hablan los galardones que le llegarán. Léanlo y disfruten.
jueves, 12 de abril de 2012
Un cadáver en la maleta

He aquí un libro sin trampa ni cartón. Su validez (que dice la estadística) es de cien por cien, pues es lo que dice ser. El lector se encuentra de lleno en estricto sensu con un género policiaco en toda regla. Aquí se puede ver con toda claridad eso que tantas veces no vemos en otros autores, teniéndonos que fiar de las plumas de los amiguetes, de los premios abultados de currículos o cartas de presentación de vientres agradecidos de la política y el periodismo. Aquí no. Al pan, pan, y al vino, vino. Perfectamente se aprecia lo que es saber escribir (oficio), técnica literaria y arte; y dónde se encuentran los límites de cada cosa. Porque es bueno dejar de lado las subjetividades que malean tanto las bondades o maldades de los escritores. Un cadáver en la maleta sigue a pies juntillas el género policiaco con sus planteamientos, intrigas, tempos, final sorprendente, etc., y a mi corto entender se hace con magisterio punto por punto. Es evidente que el autor no es un profano de la Literatura, más bien un avezado discípulo (o maestro) que comprende bien los códigos literarios y no se anda por las ramas de las mezcolanzas ni mixturas; ni fabulaciones al uso de creaciones (o creatividades) personales para obnubilar a nadie. La comprensión evidente del género se engrandece aún más cuando le vemos con buen oficio y dominando el discurso narrativo, que es suelto y bien calibrado con enriquecido lenguaje; y de nuevo se confirma bien el calibre de un hombre leído y versado en la escritura, con sus limitaciones aún, pero con vetas claras de Cultura que trascienden un simple perfil postinero o arrogante. Que no lo es en absoluto; más bien deja entrever que puede mucho más de donde llega, pues el género le sujeta y disciplina. El tiempo nos dejará verle volar hacia otros cielos con mayores vientos de libertad, cuando pierda ese miedo que tanto le constriñe a las letras de la cartilla (los cánones del género). El argumento responde perfectamente a lo se espera, y no defrauda en absoluto, llevándonos con mucha soltura donde él quiere y donde tiene que llegar, con los obstáculos correspondientes y ese final sorprendente. Eso hace que los amantes de la novela policiaca disfruten en sus justos términos. Ni más ni menos. Que es lo que se pretende. Creo además que ha sabido compaginar muy bien esos dos planos y protagonistas con los correspondientes ingredientes cronológicos y argumentales (en Córdoba y Madrid). El espacio escénico se proyecta con solvencia en esa Córdoba plagada de miserias, a través de una mirada muy certera que conoce la ciudad y tiene la suficiente soltura en presentarla sin abusar. También es cierto que toda esa panorámica geográfica, bañada de Literatura envolvente, tiene sus débitos bastante palpables en esa Feria los Discretos de Baroja (y rincones literarios de Córdoba), así como esas resonancias homonímicas de los protagonistas, que entiendo que son más que un juego de superficie; pues la recurrencia a genial Agatha Cristhie es abultada, tanto en el guiño de Hércules Poirot como en otras de sus protagonistas. La admiración y el aprendizaje de la escritora inglesa rezuma por todas las partes, y las concesiones que se le hacen son abultadas. No son muchas las cosas que he leído de este autor Pozoalbense, que en decir de su reseña es joven (vio la luz el año del asesinato de Sharon Tate, por lo tanto...), pero le veo muy sólido con la pluma y con ideas muy claras de Literatura. Supongo que se estará iniciando como esos niños que precisan un andador para mantener el equilibrio –que aquí ya es además completa la estabilidad–, pero a lo que se ve creo que aquí tenemos un gran escritor. Con mucho futuro y afinada calidad literaria.
viernes, 30 de marzo de 2012
La Bazán. Mujer de rompe y rasga

Siempre me encantaron las mujeres de mucha fuerza y carácter, como Dª. Emilia. A esas les tengo nostalgia cuando veo que ahora (en nuestros días) no hay féminas con impronta, con voz erguida a lo alto que hagan temblar las cúspides del poder y la gloria. Nuestro mundo se pierde en recua de sumisas que hablan muy bajo (a pesar de las apariencias), y sin fuerza, acomodaticias y serviles a los sillones colaterales. Con esporádicos gritos silenciados por la monotonía que deja indemnes las verdades de la realidad machista. Para muy poco valen las pataletas ordenadas con la comparsa de los auténticos defenestradores de nuestros valores. Cuanto me acuerdo de esta coruñesa que habló alto y claro en su tiempo, y cuanto le debemos las mujeres y la Literatura. Sus voces eran palabras mayores, altisontantes y desafiantes a un tiempo, embates de mucho fuste a esos gerifaltes de altos vuelos y mucha pluma. La dama tenía carácter; y buenos avales a su espalda (también). No eran sin embargo sus posibles (economía, estatus...) los que la alzaron contra todo y contra el mundo, sino su hondo pensamiento y su afilada escritura. Con mucha fuerza e inteligencia, amor propio y desazón; pues ella vivió en sus carnes, bien a en su contra, los agravios de su era frente a una mujer pacata, alicorta y victimista, que había de prevalecer inmutable (el ideal casposo). Esa moral estrecha decimonónica que –como ella decía– ahoga, presa en las estrechas mallas de una red moral menuda. La Pardo tenía sus cosas (carlista), pero muy clara la mente en la defensa de la mujer, en su Literatura y comportamiento personal (más si cabe que en su obra). Su libertad fue grande, en intensa la actividad en la defensa la dignidad e independencia de la mujer. Sola contra ese mundo que las quería teñidas del barniz decorativo de salón como cascarones ornamentales. Bien entendió Dª. Emilia esa necesidad de Cultura y educación para salvar los duros rencollos de la tradición, desigualdad y discriminación de entonces (y de ahora). Pero era luchar contra un muro, aunque ella lo intentó con fuerza. Sana envidia me da su ofensiva constante forrada de valentía y capacidad a espuertas. Claro que no es moco de pavo contar con el arrimo de Zorrilla, Pereda, Clarín o D. Faustino, con quien compartió más que palabras. Pero seamos francos, de nada hubieran servido el Parlamento (que escuchaba a menudo) ni las afables tertulias sociales si no estuviera detrás una eminencia de mucho porte y contundencia. Capacidad y valentía a un tiempo tuvo la gallega, y eso nadie puede negarlo. Sin embargo, la barrera del machismo cavernario era muy alta. ¿Cómo podían aquellos trogloditas (que eran los más liberales de entonces) admitir a Dª. Emilia en la Academia? Dios de Dios. Si la Bazán hubiera tumbado la cutrería moral (si la dejan) hubiéramos avanzado cien leguas en el siglo; y no le faltó tiento y derechura, porque siempre fue polemista y rompedora, entrometida y constante; escandalosa a ultranza, si se quiere. Bastantes de sus personajes hablan con mucha claridad y escarceos constantes de renovada moral, como Amparo (esa humilde cigarregra de Tribuna) o ese desenfado arriesgado de Asis de Taboada (en Insolación)...Aunque no le falte tampoco ese guiño de romanticismo que a veces le seduce (El árbol rosa), arrastrada un tanto por esa veta literaria que le precedió, con la secuela de su amigable Zorrilla. Dª. Emilia abrió una brecha importante en ese mundo de masculinidad imperante, de intelectualidad monocorde a la que ella puso cortapisas sin reparo alzando su voz entre una casta de vanidosos sembrados de una ética torticera y preñada de doblez ante su cara: que grosero el comentario de Valera chismorreando aquello de que la circunferencia de Dª. Emilia no cabía en los sillones de la Academia. Vergonzoso comentario machista que ha quedado en los anales de la Historia para calificar a esos mequetrefes empolvados entre los armarios de la tradición más rancia. Por encima de todos ellos estaba esta mujer bravucona y con arrestos, sembrada con una inteligencia prodigiosa (y ahí está para verlo sus “Amistades Peligrosas”), escritora profesional, y posiblemente una de las más grandes literatas de toda Europa. Dª. Emilia fue un ariete que causa envidia, adelantada a su tiempo (véase si no la Cuestión Palpitante), pero ante todo una mujer de rompe y rasga.
domingo, 18 de marzo de 2012
Nueva Entrega Premio Solienses
Hoy se entrega de nuevo el Premio Solienses, que está ya consagrado. Con esta nueva edición se confirma la buena acogida que tiene, que responde ante todo a necesidad de eventos culturales de este tipo y una magnífica gestión de sus posibilidades. Desde aquí quiero dar mi enhorabuena a todos los finalistas y escritores de Los Pedroches, que a diario disfrutan con el ejercicio de la Literatura y nos permiten a los demás hacerlo también. Hay que felicitar especialmente al ganador, Francisco Carrasco, que con su Taxonomía ha sabido recoger algunas de las inquietudes de nuestro tiempo y mostrarnos su forma de escribir. Todas la obras presentadas tienen mi consideración, y poco a poco aparecen autores desconocidos que escriben en nuestra tierra y de nuestro mundo con mucho acierto y sensibilidad. Sobre el premio poco hay que decir que no haya dicho. Tiene bondades de todos conocidas (y limitaciones), y es un acicate para la Cultura, aunque a veces y en las entregas se observa que el interés se circunscribe a un elenco de personas (repetido, y con determinadas características..., ¡que no tiene nada de malo, pero..!)que debía ampliarse a otros espectros (y el Administrador me dirá que ya querría él). Tampoco me gustan los criterios de selección de los finalistas, aunque ya he hablado de la legitimidad del administrador del Blog; también de esos autores que vienen con el aval de los laureles, y por ello siempre hay que darle cabida (que lo merecerán tal vez..., o no..., pero el qué dirán...). Dado que lo que se hace tiene aceptación y considerable difusión, convendría que el organizador fuera cada año un poco más allá e introdujera novedades, para potenciar diferentes sentidos y perspectivas, aunque ahora vaya sobre seguro, pero crearía más expectación a mayores segmentos de la población. La Cultura no puede ni está restringida a eso que acreditan los políticos y las editoriales, los culturetas, o personas en los márgenes de los poderes mediáticos...; creo que es más amplia y hay que saber buscar más perspectivas. Es una opinión de alguien que no tiene mucha idea y tal vez no tenga razón. Pero ya que hay alguien que busca potenciar la Cultura (que no es a nivel institucional), pues que sea con la mayor apertura social posible, con mayores criterios literarios y diversidad de población. Las fotografías y los eventos hablan de la dimensión del evento, y no hay pega que ponerle, pero tal vez si combiene una mirada analítica y constructiva para sacar conclusiones. En todo caso, la comarca se enriquece siempre y eso es lo importante. Mucho más cuando se impulsan también nuestros monumentos poniendolos en relieve, como este año en Santa Clara de Belalcázar. Enhorabuena a todos y mis felicitaciones a los agraciados.
viernes, 9 de marzo de 2012
Leer..., con pasión

Leer con pasión es también vivir con pasión e intensidad; porque la lectura, bien hecha, no nos deja nunca indiferentes. Más bien todo lo contrario. Algunas personas malinterpretan leyendo a ratos, figurando que leen, en el tiempo de ocio como un lapsus en el sinvivir existencial; otros, lastrados por las imposiciones (academicistas), leen sin deleite, a tragullo y sin ver en ello más denostación que la de un trabajo odiado; tampoco son loables las dejaciones de quienes, por ignorancia y sin adecuada formación (desgraciadamente), denostan la lectura como a un bicho raro que contagia o enferma, u otras consideraciones variopintas cargadas de ingenuidad y gracejo: como la de mi padre, diciéndome aquéllo de que voy a dejar el capital en los libros. A lo que respondo yo también con pericia, y lo dejo pensando: ¡No padre, al contrario, que compro el alma de un autor por cuatro euros! A veces (con demasiada asiduidad) no nos paramos a pesar lo que decimos y hablamos a la ligera, pues si lo hiciéramos con raciocinio nos daríamos cuenta de las barbaridades que decimos. Creo que es más que evidente que la lectura no es simplemente un pasatiempos, como quien juega a las cartas, sino una actividad vertebradora de nuestra existencia como seres inteligentes. La lectura nos hace grandes porque sirve como cuadratura del mundo, pues como decía Molesini el lenguaje es el límite del mundo, y en la medida que nuestro lenguaje se amplie o reduzca así lo hará nuestro pequeño mundo. En el mismo sentido habla Marina (sintetizando a otros, claro) señalando que la estructura de nuestra inteligencia es lingüística, y es completamente cierto, pues nuestros conceptos, expresiones, afectos, etcétera se fraguan en el horno del lenguaje; quien más lee más comprende, mejor se expresa y capta con suficiencia la carga afectiva del lenguaje; basta con escuchar a un cualquiera (que mal suena, perdón) para conocerle muy a fondo, digo yo con frecuencia. Por ello cuando leemos no solamente nos divertimos con argumentos literarios, sino que asimilamos estructuras y palabras, sentimientos y actitudes a las que quizás no podríamos llegar de otra manera. Cicerón era bien elocuente –nadie lo dudará–, y decía que para hablar bien es imprescindible leer. Son los grandes maestros de la Literatura los que nos enseñan el fondo del hombre en toda su verdad y crudeza; ¿Cómo podríamos si no entender de verdad la ambición, la fidelidad, el egoísmo, la amabilidad..., si no fuera por Shakespeare en Macbeth o El Rey Lear, a Dostoievski en su Crimen y Castigo, Unamuno en Abel Sánchez y La Tía Tula o el Pascual del ingenioso Cela? Ellos y solo ellos han sabido penetrar en los entresijos de la conciencia, en los recovecos del alma y en las cavernas del corazón. A través de ellos aprendemos nosotros, simples mortales (ilusos). Nuestra precaria existencia no nos ofrece a la mayoría más allá de ingenuidades. De forma estridente, sarcástica y elocuente sacaba rápidamente a flote Cervantes en el Quijote el tema de los libros, quemándolos con fruicción, para corregir la locura-sabiduría del pobre D. Alonso: ¡Qué lección tan magistral dada por un genio que en quinientos años no ha sido aún tambaleado de la peana de la sabiduría! En boca de D. Quijote decía el genio universal una verdad como un templo: Quien mucho lee y mucho anda, mucho ve y mucho sabe. Es cierto que hay edades y momentos, pero siempre debemos leer con satisfacción e intensidad, como algo natural y constructivo. Hoy día tenemos una suerte extraordinaria, pues nuestro tiempo nos ofrece lecturas a niños y jóvenes, maduros y ancianos con distintas profundidades, temáticas y sensibilidades. Como decía Plinio el Viejo, no hay libro malo, y hasta el peor del mundo nos puede enseñar alguna cosa positiva. No sé si convenderé a alguien sobre lo que realmente pienso, y hasta resulto pesada –como dice mi padre– aún con argumentos de otros, pero todos ellos son los que realmente han dicho lo verdaderamente importante del Mundo. La mayoría de la mayoría decimos más bien poco, y a veces mal.
lunes, 27 de febrero de 2012
El Temblor del Héroe

La trama archiconocida (ya) en torno a un profesor de Filosofía jubilado, que sufre el síndrome de apatía, inactividad, alejamiento de las aulas y alumnos, etc. Arropado por un matrimonio de traumatólogos a quienes orientó de jóvenes en la filosofía de la vida, que ahora constituyen el único sostén existencial del protagonista. La obra es de corto fuste argumental y mayor (no tanto) trasfondo reflexivo-filosófico, si bien es mermada la atención al protagonista, derrotando hacia otros focos temáticos. Entiendo que la crítica incide un tanto de forma errática, sobredimensionando el papel de Román (profesor) y su apatía existencial, que aparece en el texto, pero no está ahí el nudo de mayor empaque en el libro (creo). El autor lleva (o carga) efectivamente el designio de su contradicción existencial, material y moral, pero el argumento vira con mucha fuerza hacia la relación homosexual de los protagonistas y proyecta bastantes hilachos de relato autobiográfico. Hace también Pombo un uso desmedido de su erudición y cultura, que aquí se me antoja petulancia y pedantería, pues el argumento no admite tanta cobertura filosófica ni su trasfondo; a mí me chirría esa facundia de sapiencia en una lectura tan menuda, que abochorna (si el autor fuera modesto). Nadie duda que D. Alvaro Pombo es culto (creo) y con posibles intelectuales..., pero aquí está de sobra la jactancia constante. Resultan un tanto ridículas e irrisorias las parlamentas filosóficas entre una traumatóloga (joven) y un viejo profesor, a manera de humanistas del Scholastico de Villalón del s. XVI. A pesar de todo se lee bien y rápido, porque su calado es corto, aunque presuma de porte metafísico, tanto al uso de los literatos. Lo del Premio Nadal 2012 debe obedecer, en no poca medida, a eso de vislumbrar el jurado en la erudición (si es que juzgan a ciegas las verdades de la Literatura) la sombra de un ilustrado con más que pruritos. Y en eso sí acertaron.
miércoles, 22 de febrero de 2012
Taxidermia

Quería leer también esta publicación que desconocía, y que ha sido presentada varias veces en la comarca, pero la verdad es que las vacas no me dejan ni un momento. Ya lo he hecho. Es un conjunto de treinta relatos de carácter más o menos realista y surrealista (se persigue) en los que el autor desbroza un surtido de temas de actualidad (violencia de género, soledad, etc.), y ficción, desde lo más personal de su trabajo (periodista de sucesos) a relaciones familiares ficcticias y de pareja. En el trasfondo están los problemas humanos candentes de siempre: la soledad, el sentido de la vida, las fobias y filias, etc. hijos...mendicidad.
Desde el auxilio narrativo de la primera persona urde un compendio bastante desigual.Los capítulos son de distinta naturaleza y calado, en lo formal y en el contenido: desde los cortos de enfoque agresivo, y porte más surrealista, a los más alargados en discurso narrativo, más realistas y experimentales. El autor toma el asidero del relato corto sin entrar en problemáticas de profundidad literaria, cargando las tintas en esos trasfondos para la reflexión y el pensamiento; con punzadas críticas sobre los avatares existenciales de nuestro tiempo. Otras veces se avanza en relatos largos con mayores pruritos literarios, frenándose luego a las exigencias impuestas, como quien entra en burladero a trompicones. No faltan experimentos narrativos ni argumentales, aunque alicortos, reincidiento en el círculo narrativo que acaba siendo cansino y facilón. La obrita se lee bien y rápido. Es evidente que el señor Carrasco sabe escribir y se nota la profesionalidad de la pluma, con resortes periodísticos evidentes y secuelas de los géneros en los que está ducho; él mismo lo dice avalando el lenguaje corto y claro, contundente; con mensajes firmes y sin complicaciones. El trabajo resultante está cocinado por lo tanto con esos ingredientes del cocinero avezado en el género, el placebo de una literatura sin mucho riesgo, en el pase corto del relato, el aliciente de temas de actualidad que enganchan mucho por la tragedia humana incomprensible: la violencia de género, la mendicidad, la desarticulación familiar...el desasosiego existencial. Tampoco se arriesga mucho en el intento, y disfruta escribiendo el autor, y el lector no se disgusta, aunque las provocaciones argumentales se culminen en el ancho campo de la frustración humana. No está mal, para optimismo ya están los triunfitos faseados por los poderes mediáticos. Lo peor lo encuentro -como he dicho- en esas desigualdades y asimetrías en el planteamiento general de la obra, que simplemente parece un acopio hecho a tiempo parcial (que seguramente será así), sin armazón de conjunto y con disparidades graves en la composición de unos y otros capítulos. En la reflexión de fondo, pues sí, una lectora como yo está bastante de acuerdo en los mensajes y sus críticas mordaces. El título tal vez sea un tanto representativo y globalizador de la obra, pero no creo que sea muy válido a nivel de edición literaria, por eso de que el marketing tiene sus leyes: cuando vende el autor..., el título pasa a primer plano y no importa; pero cuando el autor es local y desconocido, y el título (literario)equívoco, puede ser un handicap para las ventas. No sé si estaré equivocada, pero en Santander, y con este título...Creo que el autor se reirá (a carcajadas) de esto último y me rebatirá con facilidad.
martes, 7 de febrero de 2012
Las voces derrotadas de Andrada

Miedo me da ya leer obras edulcoradas por la crítica, enaltecidas a la peana del galardón (de los de casa) y calificadas en contraportada con gruesas palabras (un nuevo aliento machadiano). Robustecida además la auréola del poeta con esa prolija obra, que envidia fuera del mismísimo Cervantes; defenestrado a la novela en desazón con aquello de la gloria que el cielo no quiso darme. A mi la lírica de Andrada no me mueve mucho más que su ensayo y su novela, y no hay prejuicio en nada de ello, aunque creo sinceramente que aquí se desenvuelve mejor y con con más firmeza. No encuentro sin embargo esa poética genuina y singular que dictan los que saben de poesía. Una miserable lectora como yo no alcanza a ver las excelencias. Cierto es que en las Voces derrotadas oigo ecos de poesía (sin mucho oficio), envueltos siempre en la pertinaz vorágine de figuras literarias con desmán. Abrumadoras y reiteradas. Ya me dirán otros donde se encuentra la riqueza del oficio, de la composición poética y la complejidad versil, que una es novata en estas lides y no atina más allá de la simpleza. A veces, al contrario, en lo más simple y doméstico -como El viento de París o la Cámara oscura, Una bicicleta- le veo más certero y contundente. Pero hay mucho prurito de metafísica que se pierde en vana superficialidad, que no engaña ni convence a una ignorante. Una no ve delante a un montón de curas en la nieve (¡Que dolor!), porque los vítores del poeta son ya legión, las editoriales le acreditan (digo yo) y el autor se siente genuino y singular. ¿Quien da más? Léase con detenimiento y ...volverán a leerlo.
jueves, 2 de febrero de 2012
Un cuarto oscuro de Verónica Moreno

No había leído nada de Verónica Moreno; lo reconozco. No entiendo nada de poesía y tampoco me gusta demasiado, aunque hago un esfuerzo sobrehumano por comprender ese mundo cargado de misterios. Tal vez sea cierto aquello de que la Poesía es para los Dioses, y a los humanos (más humanos, como una servidora) solo nos llega el hálito de la frustración. Seguro que la autora escribe con solvencia en los renglónes de la lírica, porque siente muy adentro lo que escribe; pero al lector le hiere tanta tristeza y desolación del Alma... ¿Es que la poesía solo se viste de tristeza?¿Es que los poetas solo encuentran tema en la desolación? No sé. A mí, personamente, me resulta a veces un pentagrama cargado de artificio, superficialidad y protocolo, dolor y destrucción a espuertas. Seguro que Un cuarto oscuro está inundado de emotividad, con aguijoneo interno cargado de sinceridad, pero redundar una y otra vez en el tema de la muerte parece protocolo de poetas. Parece que debatirse en esencias existencialistas y metafísicas sea carta de naturaleza de este arte; y tal vez lo sea. Qué poco desciende su poemario a los rudimentos de la vida (aunque tal vez sean los que ella describe, y yo no lo sepa) y solamente en retazos (Jabón de sosa, Somos por defecto Times New Román) se esparcen soniquetes.Desgarro sin mersura. Claro que no es metafísica de armazón profundo, pero observo un tanto de apariencia e intencionalidad desbordada de dolor, quejumbre y destrucción como arma de convicción. La poeta habla lógicamente de lo que quiere, y eso no es discutible, de sus pesares y desvelos, aunque abusar de la musa convencional derrota demasiado en falta de autenticidad (digo). Una es profana en las cuitas del género, y doctores tiene la Iglesia. Si su poesía refleja la vedad de su alma, cuanta verdad guarda este cuarto oscuro.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Los que miran el frío

Hace tiempo que quería leer este libro, pero tenía muy recientes las lecturas de un buen elenco de narradores que han optado por este tema (Si te dicen que Caí,La Noche de los Tiempos,Riña de Gatos, El Tiempo entre Costuras, Inés y la Alegría, Mañana será lo que Dios Quiera), y en verdad que no conviene mezclar churras con merinas; aunque Oniva tenga un poder mediático impresionante en la prensa, buenos amigos y en las instituciones, pero el magisterio lo da la pluma. Al fin lo he leido y no me ha disgustado, pues no escribe mal y puede hacerlo mejor con el tiempo. Está aprendiendo, creo. Ya es atrevimiento bolcarse con un argumento de la Guerra Civil, que siempre se mira con lupa y tiene defensores y detractores por doquier. Onieva ha querido soslayar las superficies de fricción buscando un punto intermedio, basculando hacia la tragedia, el dolor y sufrimiento que suponen todas las guerras para la gente sencilla. Lógicamente es una salida muy manida y abordada por muchos maestros del oficio, y no lo hace mal, pero ese sesgo lleva aparejadas muchas inexactitudes. El dolor y sufrimiento no se movía -como no lo hace nunca- en las mismas equidistancias, aunque quede muy literario decir lo contrario. El texto derrocha (el autor) un fortísimo interés por no bascular la balanza hacia nadie, en el movedizo terreno de la imparcialidad, que lógicamente no existe ni puede existir.Desde la perspectiva del tiempo, Onieva retrata personajes sin cargas ideológicas ni dominancias de unos sobre otros, y eso es poco creíble (lamentablemente). En algunas entrevistas incide el autor en ese planteamiento, que en realidad supone soslayar la verdad. El discurso narrativo no lo ve una profana como yo nada mal, aunque algunas historias acusan la dispersión a pesar de poseer una imbricación común; también creo que abusa de una excesiva historicidad, pues no es preciso que nos lleve tan de la mano de datos y fechas para que sepamos que está bien documentado (que lo está). Además, la fidelidad de "modelos vivos" (en los personajes) le arrastra impidiendo una caracterización más elevada, pues podría haberle sacado más filo con una definición más rica y una construcción mejor de prototipos (más impersonales); pues muchos de los protagonistas traducen simplemente verdades indiviudales y biografías muy concretas. Tampoco me gusta el abuso de adjetivaciones constantes para ofrecer un carácter poético que resulta artificioso (cada cosa es su cosa); no sé que les dan en Villanueva del Duque (por los lazos de familia, digo) para que se embarquen en metáforas continuas y constantes calificativos de todo. La narrativa no es eso (¡Vamos, puede ser lo que quiera el autor!), porque al lector acaba hastiandole esa forma de arbitrar relatos tan edulcorados. Por lo menos a mí. Tampoco tiene sentido que optando tanto por la literalidad del relato, luego se elija el topónimo del Retamal en el centro de acción, cuando absolutamente todos los demás nombres son reconocibles y exactos. El guiño a la historia de este pueblo -si es que ha querido hacer eso- no tiene aquí mucho sentido, porque se induce más a error que otra cosa (respecto al pasado y el presente). Bueno, con todo me parece que el chico tiene futuro, aunque para escalar más alto conviene que lea las críticas de los que le quieren y saben, no solamente las bondades de los enemigos, que le adulan con amistad.
viernes, 26 de agosto de 2011
En el Pais de la Nube Blanca
Con esta obra está encumbrándose la autora alemana Sarah Lark en España, después de cosechar grandes éxitos en Europa. La novela retrata muy bien el contexto histórico de la colonización de Nueva Zelanda en el s. XIX, donde los ovejeros, balleneros y cazadores de focas y buscadores de oro están haciendo nacer y crecer las pequeñas ciudades de Christchurch,Werport, Canterbury, Haldon, Queenstown, etc. Estamos ante una obra de fácil lectura y un argumento sólido, en el que la saga de los Warden conforma el hilo conductor una historia de amor y odio, con las formas de vida (ovejas) de un país en ciernes y el sempiterno enfrentamiento con Haward. Especial relevancia tiene la construcción y caracterización de personajes, como Gwyneira, Helen y Gerald Warden, que son la columna vertebral del relato. En este contexto espacial e histórico también alcanzan carta de naturaleza los maorís, la tribus originarias que chocan directamente con los nuevos colonizadores por cuestiones de tierra; sin embargo, la autora ha captado perfectamente esa amalgama cultural con la gran aportación de esta tribu. Me ha parecido un buen libro por el buen retrato que realiza de la mujer hace unos siglos, donde se ven muy bien las grandes diferencias con los avances actuales. A veces la autora se deja llevar un poco por los tópicos y convencionalismos en ciertos personajes, pero está bien. Se lee de un tirón a pesar de tener sus buenas páginas. Lo recomiendo a pesar de la influencia mediática en las ventas (que detesto), pero el libro no desencanta nada.
domingo, 3 de julio de 2011
Lecturas de verano

Con el estío siempre salen a luz buenas obras de lectura, y parece que las editoriales lanzan con mayor fuerza sus mejores autores. También nosotros nos animamos, aunque yo leo (o lo intento) de continuo cuando puedo. Entre las últimas lecturas quiero recordar y recomendar la última de Isabel Allende, que está casi siempre a la altura de las expectativas, con sus singularidades, pasiones y fantasmas. Esta obra de Allende avala, como siempre, los créditos extraordinarios de la autora. Su buen oficio en la escritura, por supuesto, narrando con una fluidez envidiosa; dibuja magníficamente las estampas materiales e imaginarias chilenas y los bajos fondos del mundo de la perversión americano y occidental (en las Vegas, en este caso). El argumento se enaltece desde el comienzo con mucha fuerza, porque la historia es apasionante, y apasionante son también los protagonistas (como Maya Vidal), cargados de vida, con mucho trasfondo psicologico y muchas aristas para dar juego. La autora nos sumerge como casi siempre en las ambientaciones latinoamericanas, sus mitos y leyendas, sus trasfondos cargados de grandes valores. En esta ocasión el contrapunto lo pone esa otra vida de Maya en un submundo de miseria y degradación que la autora refleja con grandísima autoridad y conocimiento. Con esos dos planos narrativos se juega en los diferentes capítulos, partiendo siempre desde la mirada retrospectiva de la protagonista. El discurso narrativo es fluido y con suficientes dosis de intriga y arrastre (por lo menos a mí me lo parece). Maya Vidal está perfilada con muy buenos cimientos, y Allende ha sabido retratar muy bien el bagaje psicológico de una jovenzuela adolescente de nuestros días (en muchas cosas me identifico) y un legado cultural americano muy fuerte en sus dos vertientes: la gringa de California (Berkeley) y la chilena que encuentra en sus ancestros (Chiloé) la dignidad y liberación como persona. Tal vez se le podría criticar en el planteamiento narrativo y argumental que sea un tanto incoherente por la madurez que presenta la chica y la díscola vida que narra en un margen relativamente corto de tiempo. Pero así son las novelas y sus licencias. Es a mi parecer una buena novela para leer y disfrutar con una autora de oficio, con magnífica pluma e imaginación; sensibilidad a raudales y poderío narrativo. Nadie como ella para meternos de lleno en unas vivencias tan reales e imaginarias, y con todos los recursos e inclinaciones que ella siempre derrocha (gusto por las comidas, sabores y colores; culebrón sudamericano, etc.). Allende es siempre Allende, pero evolucionando hacia escenarios nuevos y con protagonistas de mucho fuste, como ella misma reconoce. Es completamente recomendable para este verano. A mí me ha gustado.
viernes, 4 de febrero de 2011
Las ciudades de la luz
Hace tiempo que leí este libro del novel pozoalbense, y ahora que se alza como candidato al premio Solienses me apetece comentar algo sobre él (el libro). Sobre el premio tengo poco que decir, porque me parece bien que se promocione la cultura de cualquier manera, y muy especialmente a través de la literatura.
La ópera prima del autor se presenta al lector con los oropeles del prologuista –Sánchez Dragó– y de los correspondientes reclamos de las subsiguientes presentaciones. La obra de Redondo Jordán se plantea en principio, desde su formato y propio título, como un cuaderno de viaje, con un presumible contenido que avalará el viejo género literario. Lo empecé a leer desde que tuve noticias de la obra, sobre todo por los exornos y las prédicas tan positivas que dimanaban del autor novel. Realmente lo hubiera leído de todas formas, porque me interesa saber qué y cómo se escribe en nuestra comarca (aunque mis apetencias son plurales); las inquietudes y la creatividad que despliega nuestra tierra en tantísima gente que proyecta, hace, escribe, lee, pinta, etc. (que creo que es mucho más de lo que en realidad emerge a la superficie, y que desconocemos). Con este libro me ha pasado lo que suele ocurrir con las obras (de cine, literatura, etc.)que se encumbran en demasía y en los que estás condicionada para esperar grandes resultados. Pues bien, a veces a realidad es otra, o en todo caso no es lo que una presumía. En esta hay de todo, bueno y menos bueno, certezas en los halagos pretéritos y esperanzas defraudadas. Jordán se esfuerza por perseguir los tópicos del viajero solitario, asocial, introspectivo, bohemio, reflexivo y meditabundo, afecto a la muerte y comprensivo con el viaje de la vida..,etc. Esta perspectiva me agobia de verdad, sobre todo por ese esfuerzo tan cargado de voluntad por parecer raro, distinto y distante..., y creérselo. En cuanto al género está claro que no es solamente un libro de viaje, sino que hay más y menos en cuanto a ello se refiere. Mirada la obra en conjunto a nadie le pasa desapercibida la mezcolanza (Madrid, Burgos..), porque sí es verdad que hay viajes, pero también otras muchas cosas. La trama me parece un tanto deshilachada, porque el hilo quiebra en numerosas ocasiones; y el lector a veces (muchas) tiene la sensación de que son historias trabadas y urdidas con una artificiosa unidad. El propio género (literatura de viaje) se pierde desde el inicio, porque el autor nos sumerge en un Madrid que el viajero conoce de cabo a rabo, y está desencantado con sus miserías, cotidianidad, el desengaño del que lo conoce bien, etc. Como lectora (de un viaje de otros) me gusta que el viajero se sorprenda, que descubra realidades, que se deslumbre (o lo contrario) con razones y verdades inéditas; aquí no hay perplejidad que valga, porque lo que se traduce es el desencanto de una mirada sedimentada en las percepciones diarias (no de un viajero). En su descargo está, tal vez, que el viaje aún no había comenzado. Bueno. El viaje propiamente dicho no desdice para nada lo anterior, porque el París que nos retrata poco tiene de novedoso, ni de sorprendente más allá de los cuatro tópicos; tampoco entiendo muy bien la insistencia por sumirnos en el romanticismo al ultranza de visitar varios cementerios a pesar de sus atinadas reflexiones; vaya dispendio necrológico. Igualmente me parece Benarés, con la traducción simple y llana de la visión estereotipada del turista trasnochado, de las estampas tan reiteradas de una civilización tan alejada de la nuestra (pero de todos conocidas).
Los últimos capítulos me parecen un añadido sin argamasa al proyecto del libro, y no dejan de ser reflexiones interesantes –que lo son–, aunque para mí acaban siendo una pesada losa con cierta carga de culpabilidad. El escritor puede escribir lo que quiera (y así lo hace, sin discusión), pero no debe de olvidar (porque también lo hace) que luego entrega sus reflexiones a la imprenta, y el fin último somos los lectores.
Bueno, que tal vez me exceda, pero me ha parecido un poco desfragmentada y tópica la percepción del viajero, y muy severa y desmedida la adscripción al tópico literario (en muchos aspectos) sin necesidad.
Lo mejor también se percibe a distancia, porque Redondo escribe con calidad y pulcritud, tiene una pluma ágil y un lenguaje cuidado. También un contenido preciso (aunque no me guste) y dice lo que quiere decir, sin ambages; en todo eso sí que tiene bastante razón Dragó (persona non grata, por otras razones...), porque el lenguaje hay que saberlo utilizar, y Javier lo domina con suficiencia.
Para ser una ópera prima no tiene tacha la obra, sobre todo porque con lo anteriormente dicho está más que claro que tiene todo un futuro por delante para deleitarnos, y los pedrocheños estaremos encantados de leer y verle madurar en su obra.Enhorabuena.
La ópera prima del autor se presenta al lector con los oropeles del prologuista –Sánchez Dragó– y de los correspondientes reclamos de las subsiguientes presentaciones. La obra de Redondo Jordán se plantea en principio, desde su formato y propio título, como un cuaderno de viaje, con un presumible contenido que avalará el viejo género literario. Lo empecé a leer desde que tuve noticias de la obra, sobre todo por los exornos y las prédicas tan positivas que dimanaban del autor novel. Realmente lo hubiera leído de todas formas, porque me interesa saber qué y cómo se escribe en nuestra comarca (aunque mis apetencias son plurales); las inquietudes y la creatividad que despliega nuestra tierra en tantísima gente que proyecta, hace, escribe, lee, pinta, etc. (que creo que es mucho más de lo que en realidad emerge a la superficie, y que desconocemos). Con este libro me ha pasado lo que suele ocurrir con las obras (de cine, literatura, etc.)que se encumbran en demasía y en los que estás condicionada para esperar grandes resultados. Pues bien, a veces a realidad es otra, o en todo caso no es lo que una presumía. En esta hay de todo, bueno y menos bueno, certezas en los halagos pretéritos y esperanzas defraudadas. Jordán se esfuerza por perseguir los tópicos del viajero solitario, asocial, introspectivo, bohemio, reflexivo y meditabundo, afecto a la muerte y comprensivo con el viaje de la vida..,etc. Esta perspectiva me agobia de verdad, sobre todo por ese esfuerzo tan cargado de voluntad por parecer raro, distinto y distante..., y creérselo. En cuanto al género está claro que no es solamente un libro de viaje, sino que hay más y menos en cuanto a ello se refiere. Mirada la obra en conjunto a nadie le pasa desapercibida la mezcolanza (Madrid, Burgos..), porque sí es verdad que hay viajes, pero también otras muchas cosas. La trama me parece un tanto deshilachada, porque el hilo quiebra en numerosas ocasiones; y el lector a veces (muchas) tiene la sensación de que son historias trabadas y urdidas con una artificiosa unidad. El propio género (literatura de viaje) se pierde desde el inicio, porque el autor nos sumerge en un Madrid que el viajero conoce de cabo a rabo, y está desencantado con sus miserías, cotidianidad, el desengaño del que lo conoce bien, etc. Como lectora (de un viaje de otros) me gusta que el viajero se sorprenda, que descubra realidades, que se deslumbre (o lo contrario) con razones y verdades inéditas; aquí no hay perplejidad que valga, porque lo que se traduce es el desencanto de una mirada sedimentada en las percepciones diarias (no de un viajero). En su descargo está, tal vez, que el viaje aún no había comenzado. Bueno. El viaje propiamente dicho no desdice para nada lo anterior, porque el París que nos retrata poco tiene de novedoso, ni de sorprendente más allá de los cuatro tópicos; tampoco entiendo muy bien la insistencia por sumirnos en el romanticismo al ultranza de visitar varios cementerios a pesar de sus atinadas reflexiones; vaya dispendio necrológico. Igualmente me parece Benarés, con la traducción simple y llana de la visión estereotipada del turista trasnochado, de las estampas tan reiteradas de una civilización tan alejada de la nuestra (pero de todos conocidas).
Los últimos capítulos me parecen un añadido sin argamasa al proyecto del libro, y no dejan de ser reflexiones interesantes –que lo son–, aunque para mí acaban siendo una pesada losa con cierta carga de culpabilidad. El escritor puede escribir lo que quiera (y así lo hace, sin discusión), pero no debe de olvidar (porque también lo hace) que luego entrega sus reflexiones a la imprenta, y el fin último somos los lectores.
Bueno, que tal vez me exceda, pero me ha parecido un poco desfragmentada y tópica la percepción del viajero, y muy severa y desmedida la adscripción al tópico literario (en muchos aspectos) sin necesidad.
Lo mejor también se percibe a distancia, porque Redondo escribe con calidad y pulcritud, tiene una pluma ágil y un lenguaje cuidado. También un contenido preciso (aunque no me guste) y dice lo que quiere decir, sin ambages; en todo eso sí que tiene bastante razón Dragó (persona non grata, por otras razones...), porque el lenguaje hay que saberlo utilizar, y Javier lo domina con suficiencia.
Para ser una ópera prima no tiene tacha la obra, sobre todo porque con lo anteriormente dicho está más que claro que tiene todo un futuro por delante para deleitarnos, y los pedrocheños estaremos encantados de leer y verle madurar en su obra.Enhorabuena.
miércoles, 26 de enero de 2011
Hija de Sexto Mario
Acabo de leer la obra de María Antonia Rodríguez de Pozoblanco, que ya tenía ganas, y veo que en la comarca hay buena veta literaria (al menos en este caso). La novela retrata muy bien el contexto de la Roma imperial de Tiberio, las cuitas e intrigas de un mundo corrupto que transita por los senderos de la degeneración política y social, las conspiraciones del poder e insidias de un demente en el Imperio. La trama se focaliza en un círculo próximo al poder, protagonizado por una hija adoptada por el poderoso Mario Sexto (El hombre más rico de las Hispanias), desarrollándose una historia de amor en una secuencia de peripecias e intrigas de aquel contexto romano e hispano.
La obra es de fácil lectura y amena, con una pluma muy fluida y precisa en la utilización del lenguaje; bastante bueno, por cierto, con riqueza formal (en el léxico y en la semántica) y un sentido muy fino para buscar la expresividad. Tal vez la trama resulte un tanto insulsa y poco prieta, pero no carece de argumento, aunque aparece un tanto fragmentario a veces. La caracterización de los personajes es atinada, y aunque no se profundiza en exceso en ellos, sí que adquieren la suficiente consistencia para dotar a la trama de contenido, y en ocasiones no le faltan matices desde un punto de vista psicológico. La mayor virtud de la obra, y tal vez el mayor defecto, lo encuentro en la contextualización. Es una componenda literaria muy bien arbitrada en el marco histórico de Tiberio, y se retrata con bastante verdad esa esfera densa de Roma tanto en el marco político como en el contexto vital; sin embargo, encuentro que la autora extrema en exceso la contextualidad en las formas, en la utilización de un lenguaje de cartilla, presentándonos con insistencia discipular el contexto (con nombres, lugares, instituciones..., etc.) para demostrar un asentamiento espacio-temporal que no es preciso. El lector comprende (debe comprender) el contexto sin tanta minucia que parece buscar la aquiescencia y aprobación de que se conoce el período, los detalles, etc. Nadie duda de que su documentación ha sido abundante y existen datos más que sobrados para situarnos en el espacio-tiempo.
Mi enhorabuena para la escritora, que día a día se consagra en su capacidad y personalidad literaria, y sobre todo, en escribir novelas más que aceptables, que de estar apoyadas por otros emporios editoriales alcanzarían la debida resonancia y notoriedad que se merece a nivel nacional. Esta novela me parece de cierta altura (muy aceptable), sobre todo porque disfrutas leyendo, más allá de los recursos, del género, de las múltiples cuestiones con que se puede enriquecer o criticar, etc. Esta es al menos mi opinión (en todo caso discutible).
La obra es de fácil lectura y amena, con una pluma muy fluida y precisa en la utilización del lenguaje; bastante bueno, por cierto, con riqueza formal (en el léxico y en la semántica) y un sentido muy fino para buscar la expresividad. Tal vez la trama resulte un tanto insulsa y poco prieta, pero no carece de argumento, aunque aparece un tanto fragmentario a veces. La caracterización de los personajes es atinada, y aunque no se profundiza en exceso en ellos, sí que adquieren la suficiente consistencia para dotar a la trama de contenido, y en ocasiones no le faltan matices desde un punto de vista psicológico. La mayor virtud de la obra, y tal vez el mayor defecto, lo encuentro en la contextualización. Es una componenda literaria muy bien arbitrada en el marco histórico de Tiberio, y se retrata con bastante verdad esa esfera densa de Roma tanto en el marco político como en el contexto vital; sin embargo, encuentro que la autora extrema en exceso la contextualidad en las formas, en la utilización de un lenguaje de cartilla, presentándonos con insistencia discipular el contexto (con nombres, lugares, instituciones..., etc.) para demostrar un asentamiento espacio-temporal que no es preciso. El lector comprende (debe comprender) el contexto sin tanta minucia que parece buscar la aquiescencia y aprobación de que se conoce el período, los detalles, etc. Nadie duda de que su documentación ha sido abundante y existen datos más que sobrados para situarnos en el espacio-tiempo.
Mi enhorabuena para la escritora, que día a día se consagra en su capacidad y personalidad literaria, y sobre todo, en escribir novelas más que aceptables, que de estar apoyadas por otros emporios editoriales alcanzarían la debida resonancia y notoriedad que se merece a nivel nacional. Esta novela me parece de cierta altura (muy aceptable), sobre todo porque disfrutas leyendo, más allá de los recursos, del género, de las múltiples cuestiones con que se puede enriquecer o criticar, etc. Esta es al menos mi opinión (en todo caso discutible).
sábado, 20 de junio de 2009
Canción de la Madre del Agua de Pédro Tébar

Vale la pena recordar, a estas alturas del año, algún que otro libro para disfrutar en el próximo verano leyendo; haciéndolo además con un texto que cumple para mí con las características esenciales en este tiempo repleto de actividades de distinta índole. Por una parte, es un librillo corto, que permite una lectura cómoda sin enfangarse con un tocho que te ocupe toda la temporada; tiene además el aval, que no siempre se cumple (pero en este caso sí), de haber sido objeto de varios premios (IV Internacional de Narrativa corta Generación del 27, Solienses 08), y ello ofrece ciertas garantías. Sin embargo, lo que más me convence después de haberlo leído para recomendarlo son las siguientes razones: el autor es de Los Pedroches, con cierta edad (más de sesenta años), y tiene conocimientos ciertos del saber popular de nuestra comarca, de ese pasado que se va perdiendo en la memoria de las personas mayores; por un lado la experiencia de su vida y las vivencias de su pueblo y sus contornos, pero sobre todo ese bagaje extraordinario de un imaginario rural que solo te lo puede trasmitir un hombre formado, con ciertas capacidades de racionalización de ese legado; y por supuesto, con suficiencia literaria para hacer bello y hermoso ese contenido legendario. Desde un punto de vista formal, de estricto análisis literario,no es por supuesto una obra de arte de primera magnitud, pero no le faltan maneras: en recursos literarios, en atisvos de sensibilidad, en sabia recopilación, en la captación de voces añejas, etc. Se puede leer muy bien, con agrado y regusto con lo que se lee, con gancho suficiente para hacer una lectura de un tirón. Lo más interesante está en el contenido, pues a través de pequeñas historietas organizadas en capítulos recopila leyendas de Villanueva de Córdoba, de Pedroche y de la comarca. Obviamente, el autor no es para nada original (ni creo que lo pretenda) ni en el contenido ni en la forma, pero también es verdad que plasma su personalidad y su manera de ver las cosas, con la veracidad que tiene el contar leyendas que perviven de facto en su memoria y son del imaginario de todos. Hace una recopilación, bien seleccionada a mi entender, de leyendas que ya habían sido recogidas por D. Juan Ocaña y su padre (y están publicadas), de otras que son vox populi y las tienen en su memoria la mayoría de vecinos de Los Pedroches por tradición histórica (La Reina Cava); bastantes de aconteceres particulares y curiosones de Villanueva (La casa de las culebras, el pozo del milabro, el prado del Carmen, etc.); otras del acervo más rancio español (como la del hombre del saco), personalizadas en Villanueva en la nóminación particular, como la del Tío Marengo. Especialmente interesante resulta la selección de las leyendas que sustentan los pilares de nuestras tracidiones, como la Virgen de Luna, las plagas y las ermitas de Los Pedroches (San Sebastián, San Gregorio, etc.) También me parecen muy bonitas esas leyendas, de viva voz, que rastrean la percepción del pasado en relación con los muertos, con los espíritus y las almas en pena, que una servidora (y mi madre, de muy cerca de Villanueva)tenía muy veladas en el substrato más profundo de la memoria, recordando bien a la Santa Campaña, y las ánimas del purgatorio vagando por ahí...¡Que bien lo trae a cuento el autor en diferentes historias! Por lo tanto, muy entroncado con nuestro legado histórico, nuestro imaginario popular y la savia aún viva de la tradición más ancestral. Creo sinceramente que para muchos este libro supone devolvernos parte de nuestros antepasados (no solo de Villanueva de Córdoba)y nuestro legado, y para los jóvenes, una posibilidad de recuperar un bagaje cultural de porte ruralizante que bien creo que ya no está en su imaginario (en su substrato cultural).
Como digo, vale la pena leer el libro, y en esta ocasión sí que estoy en parte con el jurado, si bien (desde un punto de vista literario)creo que el autor promete más. Dicho de otra manera (y lamentablemente no conozco su obra), parece que le faltan tablas y promete mucho; o todo lo contrario, tiene ya muchas tablas y ha sabido sacar buen fruto a una veta que es inmensamente rica. De cualquier forma, un libro para saborear en corto espacio de tiempo y salir satisfecho. Sin mayores aspiraciones literarias, pero con un contenido comarcal indudable. He dicho.
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