Estamos un poco como el tiempo. Tan pronto nos asusta con el otoño, amenazante de aguas que no caen y pronósticos vacuos de esperanza, como nos da largas para mantener las mangas de camisa y seguir con la terraza a pleno pulmón. Así andamos en Los Pedroches, en un sinsabor que ni es dulce ni agridulce, ni ácido ni amargo. La cotidianidad marca una gruesa monotonía que nos lleva por la senda anodina de este ciclo de la vida, y ya no hay ni las chispas bullangueras de feria ni actos de relumbrón en nuestros pueblos: que no sirven para mucho, pero hacen ruido y hasta se pintan con el colorín de los fuegos artificiales, que aunque se desvanecen parecen algo. Bien es verdad, y dicho sea de paso, habría que agradecerle mucho a los munícipes desvelados por nosotros, que siempre están pensando en nuestro bien con frenesí, y no paran de hacernos proposiciones para culturizarnos. Gracias, muchas gracias. Y si la cosa cultural está pendente de un hilo, la política tampoco da para mucho, porque ya no hay ni espectáculos de plenos (en las vecindades de al lado) ni voceríos malsonantes, ni blogs que nos alegren los ojillos con mucha creatividad. Las cosas serias del mundo mundial, como la crisis y los esperpentos de los gobernantes, ni nos conmueven, porque son ya muchos los palos que recibimos a diario desde hace tiempo, y hasta nos hemos hecho a ellos como los burros, en un desconsolador masoquismo, pues ya ni nos duelen los latigazos. Nada de nada. No nos conmueven ni los sismos fantasmales ni las vacas más jaraneras, que hasta están contagiadas de vernos con un no-se-qué que hasta les asquea a ellas. Entre las risas, pues surgen muy pocos motivos también para el divertimento. Lo del AVE y las bufonadas de turno suenan a befa y mofa de mal gusto, pues los políticos no son buenos actores, aunque practiquen a diario el arte de la chufla; pero todo se queda en esperpento de muy grosera escenografía. Así las cosas, me toca como siempre trabajar (¡que me voy...¡) y dejar de hablar cuando no encuentro de qué hacerlo, y a veces hasta me viene la inspiración en el trato con los animales: porque hablar no hablan..., pero me dicen más verdades que los capitalinos que anonadan con el porte y traje de la Corte (pero es porque no mandan nada, creo yo).
viernes, 4 de octubre de 2013
viernes, 27 de septiembre de 2013
Agua
Ya llega el agua. Hace mucho tiempo que el campo la está necesitando, y será bienvenida. Desgraciadamente a algunos les va a aguar la fiesta, pero como dice el abuelo, no es posible costal y castañas. Creo que se pueden compaginar bien ambas cosas, porque al ferial de la capitalita se puede ir con paraguas y bailar al son de la música. Si bien es verdad que lo siento por toda esa gente negociante que han puesto su dinero para vender en la calle y no lo podrán hacer. Ahí sí que lo lamento. También por el deslucimiento que sufre la fiesta de los vecinos, pero quienes vivimos del campo estamos asfixiados y el ciclo del tiempo tiene que seguir su ruta. Bueno, a ver si se pueden compaginar todas estas cosillas y quedamos todos contentos. En el medio está la virtud, dice el abuelo.
martes, 24 de septiembre de 2013
TARUGolandia en Ferias
Hoy se viste de gala la capitalita con su fiesta grande. Añoche estuvimos las amigas dando un paseíto, y ya se olía en el ambiente ese sabor de la alegría contenida que tienen las vísperas; ese rumor callado que está pronto a explotar, y esa espera incontenida que se proyecta en cantidad de gente que observas con mucho más bulto que de costumbre. Esta tarde con la cabalgata, y por la noche con los fuegos, romperá de lleno aguas el ferial y el poblachón pozoblanquero presumirá como nunca de grande y de bonito; de suelto, amable y hospitalario, tirando la casa por la ventana y presumiendo de ciudad en dispendio con el concurso de los pedrocheños. Grandes y pequeños se lanzan en esta semana al solaz de las alegrías, de los fuegos y concursos, aparcerías interminables y carteles culturales avalados por la casa grande (ayuntamiento). Hay para todos, dicen, y será verdad. Los últimos años me ha parecido contemplar un nuevo fenómeno (visto de lejos, claro, porque yo no vivo allí), como es retrotraer de la feria cierto ambiente hacia el pueblo en las aparcerías, dando ambientillo al centro y calles limítrofes. Y ahí vaya si se nota que están de fiesta. Pozoblanco y su feria son para todos nosotros una referencia comarcal, anual y estacional (fin de...), porque marca un punto de diferencia por su volumen, aunque lo pierde en intensidad y la hermandad que tenemos en los pueblos. También se pierde en disparidad de ofertas festeras, que tiene su punto bueno y malo, aunque parece que también andan comedidos con el euro y le miran hasta el canto. Aparte de la parafernalia, que es mucha, lo cierto es que ha perdido bastante según dice el abuelo Manuel en personalidad; a él le escucho hablar del ayer y me quedo un poco anonadada..., cuando me dice aquéllo de que los espectáculos taurinos movían masas ingentes, muchísimo más que ahora, y eso que aún les queda un rintintín; también con esos espectáculos musicales, teatrales y de otros géneros, pues venían (según él) los más nombrados del panorama nacional, y conocías a las primeras figuras del cante y de la escena (no sé si no serán exageraciones...). Claro que lo que me cuenta de antaño, cuando no había fiestas y juergas diarias bien lo entiendo: porque entonces sí que me creo que la ilusión de la feria era infinitamente mayor; la espera desasosegante; y los ojos de los chavalillos brillarían como estrellas con todo su fulgor cuando vieran aquel ambiente que no conocían apenas. Hoy solo nos queda el manido botellón, la masa boba y la madrugada sin descanso (cuando vamos). Y eso luego el cuerpo lo paga de verdad en el trabajo de la vaqueriza. Pero bueno, demos la bienvenida y enhorabuena a los tarugos, porque ha llegado su fiesta. A disfrutar de lo lindo.
domingo, 22 de septiembre de 2013
OTOÑEANDO
(fotografía Moises Vargas) Abocados estamos ya, de forma inminente, hacia el otoño. Van quedando ya lejos las alegrías del verano (en todos los sentidos) y las ráfagas de fuego que el tempero nos regaló este año con escatimo y tacañería, aunque no han faltado requiebros buenos de sudor en la vaqueriza. Ahora toca el solaz del apaciguamiento otoñal, con esas aguas ansiadas para nosotros que parece que ya están a la vuelta de la esquina; aunque suframos aquí dentro el fragor del estiércol y la suciedad envenenada que genera el líquido elemento. Volveremos al temple del refresco y a la hojarasca, al cielo limpio y a la amenazante oscuridad de la tarde. Y el campo marcará el ritmo de vida como nunca cuando la luna esconda allá en lo alto su blanquísima túnica de fiesta. En los pueblos la zozobra del verano tiene ya las horas contadas, y el trasiego de la normalidad se impone por encima de todo, y el silencio gana a la estridencia. Todo esto parece invadirnos el ánimo, y en cierta forma es así, pero a mí me gusta y me contenta este ritmo calmo que se impone, con el tenue declinar hacia el ocaso del estío después de un exabrupto de explosiones variopintas de ajetreo. Creo que es bueno que se avance hacia el otoño, y el susurro del agua nos caliente los oídos, y el suelo mojado nos avive el olfato..., y respiremos aire limpio. Hace falta. A mí me encanta saborear los cambios del campo en lo más hondo; tocar los ciclos de la vida con las yemas de los dedos y saber que la rueda de la tierra y del cielo siguen por sus fueros. El patio de la abuela va marcando el finiquito del verano: con el parral agostado ya de vida descargando el fruto sempiterno, que este año es más bien malo y de poca calidad; y a la zaga le anda el peral adormecido de bondades, y el ciruelo nos regala sin codicia y mucha merma; y el membrillo se pierde en sueños de esperanza pasajeros. ¡Ay, que el huerto está mirando ya los horizontes del mañana, con ansias de espera y otro tiempo! Por lo demás, solamente queda seguir el día sembrado de colores..., y el disfrute del verdín que ha de venir, del frescor que ha de llegar, y del sabor bueno y hondo del otoño.
sábado, 7 de septiembre de 2013
Pedrocheando
Hay cosas que no se pueden explicar fácilmente. Con asiduidad asistimos y celebramos fiestas, saraos y botellones de todo tipo, pero ninguno es como nuestra fiesta grande del pueblo. No basta con salir a la calle, beber y despotricar por todo lo alto, que eso lo hacemos de continuo y hasta nos sentimos alegres y dicharacheros. Pero la Fiesta de verdad, la de todos, la que nos llena hasta el fondo y donde nos desfogamos de alegría es en Los Piostros. Creo que se juntan todos los ingredientes posibles para que sea un disfrute colectivo, y eso solo lo da la tradición, la espera, la familia, el pueblo y los que vienen del pueblo, los allegados, y hasta los turistas (últimamente). Los signos de identidad más nuestros salen a flote con el agua del otoño en ciernes, y la devoción a la Virgen de Piedrasantas se enciende hasta en los que no pisan nunca los umbrales de la iglesia. Hay que ver cómo hasta en un Estado laico se tambalean hasta las piedras del ayuntamiento para ensalzar a la Virgen, que es la estampa insustituible de la fiesta (aunque no mueva ya voluntades de mayordomía); como los piostros, que embargan nuestros corazones de alegría cuando los vemos y sentimos cabalgar desaforados por la cuesta del molar hirviéndonos la sangre. Año tras año revivimos la tradición como un rito que traduce nuestra identidad; con una solemnidad que, aunque esté revestida de elementos obsoletos, y ajenos a nuestras creencias actuales (tal como las tenemos y vivimos), las sentimos en lo más hondo y hasta el corazón y la garganta se nos cuaja. Esto es la fiesta en el sentido más profundo y verdadero, y la corriente sigue por sus cauces. La fiesta se vive. No estás en ella desganada y mortecina, sino contenta y alegre con los tuyos, con las amigas tildadas de jinetas y con todo el pueblo echando la casa por la ventana; viviendo con una intensidad inefable, como si el mundo se acabara y quedara fuera de nosotros. Difícilmente podría expresar el orgullo de las pedrocheñas subidas en las jamugas señoreando su alegría y contento, porque eso se lleva en la sangre. Pedroche vive ahora su fiesta grande.
sábado, 3 de agosto de 2013
BANDOLEREANDO (microrrelato)
Al arrimo de unos riscos la cuadrilla desmotó las alforjas. La media docena de hombres y mocetones venían sudorosos y sucios hasta las cejas, porque no habían tenido más horizonte que los penachos de Sierra Morena, cabalgando sin tregua hasta los límites de sus fuerzas. Ahora, oteando aquel poblacho que llamaban El Lanchar, tocaba descansar, y en el bajuelo del arroyo Guadamatilla abrevaban las caballerías exhaustas. Había sido una dura jornada de galope constante desde el despuntar del sol, ascendiendo más de cuatro leguas de aquel secarral inhóspito. Diego miraba al frente con cierta inquietud, pero con aquiescencia, porque sabía que tras una corta espera de descanso, con el sol en lo más alto del cielo, se cumplirían sus esperanzas. Mientras tanto, en la orilla del arroyuelo sus hombres se desfogaban entre risas, desarmados de chaquetilla y camisa con los pies en el agua; chapurreando y bromeando entre ellos como puercos en lodazal. El silencio del contorno era por el contrario gélido como el hielo, y Padilla sabía muy bien que en muy pocas horas la tensión se iba a disparar; que lo que ahora era solaz y diversión se convertiría en dolor y sangre. Las cosas no iban a transitar por la senda del conformismo y el apaciguamiento. Hacía más de dos años que conocía a la rubia del valle y la quería para sí: no porque le faltara el cariño ni la diversión con ella, sino porque a Juan Palomo nadie le ponía un dedo encima. Ni límite alguno a sus anhelos. Con no poco sarcasmo y fijación decía constantemente a la cuadrilla aquello de que somos hijos de Dios y honrados; y a la zagala de la Sierra la tenía que convertir en su mujer. Una causa tan justa y honesta a los ojos del bandolero se había puesto bastante turbia, y hasta negra –de forma inconcebible – por la oposición de un curita de aldea, bajito y rechonchón. Hasta ahora nadie había dicho ni mu, y la vecindad no vio con malos ojos que el hacedor de Justicia en los montes y caminos se divirtiera con María, que más que doncella en ciernes era desde bien joven ávida mesonera, mujer servicial y soldadera ocasional. Pero el señor cura había elevado el grito a las alturas cuando la cosa fue a más: pues Dios no iba a consentir que él uniera en sagrado matrimonio una hija del pueblo, honrada y honesta con un botarate que actuaba fuera de la ley y el orden. Padilla mascullaba en silencio, y se reía en sus adentros, por la osadía de aquel cuervo graznando impedimentos. Si había que matarlo lo mataba. La desgracia vendría por la camarilla de adláteres que se habían alzado en armas en loor de la decencia, después de haber tenido durante años el contento del Palomo para tranquilidad de sus almas y haciendas, por eso de la vecindad. Cuando sonaron las campanas en la lejanía, el bandolero más apuesto de Sierra Morena saboreaba ya en sus labios el beso de la que en muy poco tiempo sería su mujer.
lunes, 29 de julio de 2013
Pedrock-AIR (AVE-II, microrrelatos)
El jovencísimo piloto, muy apuesto y dicharachero, se afanaba en explicar en las plataformas de la nave –junto a su androide gemelo–, las curiosidades del lugar. Aunque el refinado director de la compañía era nativo de Los Pedroches –un celular marginal y minúsculo de la Tierra–, había pasado varios años de estabulación preparatoria en la Plataforma lunar Megalux, y ahora regentaba una empresa de alquiler de naves de Turismos a la carta. Hacía ya varios microlux que se había ocurrido incluir al reducto de sus ancestros entre las panorámicas de la lejana Hispania en el viejo planeta (a pesar de la rareza). En poco más de media hora visitaban todos los resquicios de un mundo ya lejano del sur de España, utilizando microvuelos entre unos y otros puntos de interés. Anthony Cobos comparaba a los expectantes visitantes de Electra, a quienes ahora acompañaba, la realidad virtual de las encinas con muestras reales del antiguo bosque mediterráneo..., y en varios Exposure Sites algunos se atrevieron incluso a tocar aquellas especies que les parecían prehistóricas. En Second stop pudieron observar la reconstrucción virtual de un bonito castillo que les recordaba por su idealidad cuentos de princesas: pues parecía una estampa perfecta de tiempos históricos que les habían reproducido en su infancia en sus procesadores cerebrales; y en estos momentos, a un microtime de la nave revivieron su pasado. Lo más interesante de aquella excursión iba a ser la visita real (¡oh, qué fantástico!) a una pequeñísima Aula Celular de Experimentación con Animales reales: vacas inexistentes desde hacía varias décadas, cuyos ejemplares aún mantenían en régimen de pseudohibernación. La expectación creada era máxima, y Anthoy no escatimaba esfuerzos en crearles mayor intriga: aquellos electroides nunca habían visto nada igual, y esos monstruos que le esperaban les causarían sensación. Antes de penetrar en las cámaras acorazadas perdió varios microseconds enseñándole el edificio, que poseía una historia singular. Al parecer había sido en las primeras décadas del segundo milenio una estación terrícola de un tren avanzado denominado AVE, por el que hubo incluso movimientos grandes de los antiguos habitantes del lugar. Desgraciadamente aquella pequeña Estación se había desvanecido en menos de un año del antiguo cómputo heliocéntrico por falta de funcionalidad. A los encorchetados visitantes de Electra les resultó graciosa la anécdota, observando desde lo alto de la Naveta el perímetro de la reliquia histórica que albergaba ahora uno de los principales centros de conservación y reproducción de especies desaparecidas. ¡Además, era magnífico revivir en el espectro volátil y de forma virtual las instalaciones obsoletas de sus antepasados!
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QUE PARE EL TREN EN LOS PEDROCHES
Vista Parcial de la Manifestación en la Estación de Villanueva





