sábado, 27 de julio de 2013

Paradojas de la vida (AVE-I, microrrelatos)

Veronique miraba con ensimismamiento, y no poca admiración,  la exposición fotográfica de la Estación: una panorámica temporal de hacía más de cincuenta años. Eran las cuatro de la mañana y regresaba de vuelta a su querida Neuchatel, henchida de alegría tras un periplo apasionante de cuatro días. Quién le iba a decir a ella que en la década de los sesenta, después de una dilatada espera (desbaratada por los avatares de la vida), iba a conocer la tierra de sus padres. Desde siempre se había imaginado una tierra empobrecida y carente de vida, una panorámica negativa creada al tenor de su madre, huida a Suiza en desazón en la segunda década del siglo (a raíz de aquella crisis vacuna interminable); bueno, de la debacle económica general que le hizo buscar –como a tantos otros– nuevos horizontes en los verdes campos de Europa; aunque siempre al lado de la naturaleza y de la vacas, aunque fuera en los silentes susurros del Laboratorio. Ahora, sin embargo, ante sus ojos había aparecido una estampa floreciente de sus orígenes, bien distinta de lo que pensaba. En un lapsus del tiempo se había trasportado al relumbrante aspecto de estos pueblecitos del llano de Los Pedroches en España: lugares tranquilos y de ensoñación, adecentados a las formas del pasado y viviendo del turismo; con magníficas rutas de senderismo extraordinariamente organizadas, en las que aún se podían ver y tocar encinas de verdad (¡qué sorpresa!); simpáticos enlaces tradicionales de comunicación entre unos y otros pueblos (con coches de ruedas); así como pequeñas fábricas de industria alimentaria –como le había comentado su madre– con refinado marketing, y típicas vaquerizas de postal aplicadas en la didáctica infantil de autosuficiencia ecológica. Un primor que a la pelirroja (que también fue a su pueblo de origen) se le antojaba un tanto enlatado, pero bonito. Además de un completísimo programa Culturel del todo original, con graciosas actuaciones de las que había oído hablar toda la vida. Una comarca viva, como un pequeño paraíso de ocio a muy pocos minutos del mundanal ruido de las grandes españolas que conocía. Ahora en su partida, un tanto teñida de nostalgia irracional, observaba la cuarentona las fotografías de una larga pugna de hace décadas. Resulta que el mismo año que partió su madre, desvencijada de ánimos y esperanza, los pedrocheños habían realizado una gran manifestación para pedir que se abriera aquella estación del Ave en que se encontraba, en cuyas fotografías aún se podía ver el evento -curiosamente- en papel y en la vieja técnica digital en antiquísimas pantallas de la exposición. Qué tiempos.  

domingo, 30 de junio de 2013

DUDAS...

Ahora que llega lo más grueso del estío, y muchos de nuestros convecinos salen de vacaciones y otros llegan, es tiempo de reflexión: sobre la comarca en sentido globalizador, y como unidad que busca el futuro en diferentes sectores. Las vacaciones veraniegas constituyen, a mi parecer, un grueso importante en la actividad turística a lo largo del año, y no podemos aspirar a un desarrollo amplio en este sentido dejando de lado este periplo y sus actividades. A través de internet, y en lo que oigo de nuestros pueblos, observo que se establecen programaciones amplias y diversas en cada lugar: espectáculos, presentaciones, jornadas, programas para niños, etcétera. En fin, un abanico amplio de actividades culturales para contentar a propios y extraños, sin quedarse ningún ayuntamiento sin programas de verano (cada uno a lo suyo). No voy a entrar ahora en los entresijos de los programas o su fundamento (como dice Arguiñano, ja, ja, ja), su relevancia y significación para cada una de las poblaciones, o su ajuste a las aspiraciones de la vecindad. Hay gustos para todo. Sin embargo, sí me gustaría plantear una duda que mi amiga Juani me reboza constantemente (pues ella se dedica a esto del turismo), que no es otra cosa que la manida insatisfacción como proyecto unitario de comarca. Es cierto que tenemos actos por todas las partes y programaciones para eventos a diario no faltan, pero me pregunto –por encima de nosotros, claro–, ¿qué ingredientes posee nuestra comarca para atraer turistas de otros lugares?, ¿tenemos un paisaje excepcional que arrastre a alguien para visitarnos?, ¿contamos con un patrimonio destacado y bien habilitado que sea llamativo?, ¿poseemos algún ingrediente de singularidad que sirva de cebo entre lo mucho que se ofrece por ahí?, ¿nuestra cocina o gastronomía es un acicate de mucha pujanza?, ¿las actividades de relumbrón de algún ayuntamiento son suficientes para movilizar?, ¿qué tipo de turismo podemos atraer (senderismo, invierno...)? Creo que basta con la retórica de las preguntas para empezar a reflexionar, y es evidente que aquí tampoco hay playa ni nada que se le parezca (o sí). En reiteradas ocasiones me he quejado de que más allá de actividades dispersas y locales haría falta un planteamiento general por parte de alguien; sobre todo para esos que quieren que la comarca sea una oferta turística de cierta entidad, que no sé siquiera sí es posible. Pero tendremos que pensar qué ofrecemos a esos que queremos que lleguen. Sobre todo, qué es lo que queremos y qué nos jugamos, porque esto del turismo y del desarrollo no creo que sea simplemente un juego de niños, ¿o sí?. Supongo que cosillas de estas se las plantearan los sesudos que se dedican a esto..., los gobernantes...., y cuatro más que tienen que buscarse la vida. En todo caso son dudas que se me plantean a mí (ja, ja, ja...., que tiene gracia) al ver partir algunas amigas, que buscan otras cosas fuera.

jueves, 27 de junio de 2013

MONSTRUOS

Me dice el abuelo Manuel que si sus abuelos (v.r.) levantaran la cabeza (expresión muy suya) no reconocerían ni su casa ni sus tierras. Tiene gracia el asunto, a pesar de toda la lógica del mundo..., y me explico. El otro día iba conmigo en la furgoneta y salió el comentario de las alpacas del campo, que veíamos aún repartidas de algunos aletargados, y se lo dije como curiosidad. La respuesta que me dio fue de lo más curiosa, pues su mirada perdida al horizonte está ya llena de telarañas (desgraciadamente), pero a veces atina de manera inmejorable en sus juicios de valor. Me advirtió de la notoriedad de esas gigantescas pacas que deambulan como gigantes perdidos en una carrera interminable; parecen autómatas del labrantío dispuestos a echar una carrera, encontrándose en disposición de movimiento, pero paradas e inertes en un soliloquio a la espera de un arbitraje inexistente. Estos monstruos de mies mecanizada tienen formas cilíndricas y  paralepípedas, pero lo que destacaba el abuelo en sus diatribas perdidas era el tamaño ingente, pues refería que solamente en una de ellas cabía el esfuerzo de un gañán en media jornada (ja, ja, ja...). La verdad es que lo tuve que pensar dos veces para darle la razón, pues seguro que es cierto que la empacadora hace ahora en dos horas lo que nuestros abuelos en meses; en derrotados tajos de jornadas infinitas al temple inhóspito de Apolo. Parece que veo en los ojos de Manuel el sufrimiento de antaño cuando mira quedo esas alpacas circunspectas. Cuando me explicó en pocas palabras la trayectoria de las décadas pasadas en el laboreo del trigo y la cebada, comprendí bien el tránsito de su vida en un suspiro; como pasando de la noche  al día. De esos segadores agostados en el sacrificio de la tierra para malvivir, a esas primeras máquinas de peine arcaico que me describe como un avance descomunal –aún tiradas por mulos–, y esas trilladoras que les facilitaron la vida en los años sesenta del desarrollo (como dice Vero)...; alcanzándose ahora el automatismo y la rapidez con las empacadoras que usamos actualmente y que pagamos a buen precio. Que aunque tenemos nuestro trabajo, padre dice que nada que ver con lo de entonces. Todo un mundo de cambios. Padre me ha enseñado en el Internet las máquinas de trillar que fueron –según me dice él– como el descubrimiento de la Penicilina (salvando la distancia, ja, ja, ja...). No se lo discuto, porque un día vi en Belalcázar una de estas máquinas de trillar abandonada, junto a un viejo tractor gritándole susurros al oído, que ahora me recuerdan esto que dicen el abuelo y padre a un tiempo: ese pasado doloroso de nuestra tierra y el despertar del campo de hace medio siglo. Esas máquinas que hace unos años, que seguramente fueron vanguardia en su día, claman hoy al cielo como monstruos desaforados de chatarra;  viejos artificios con díscolos mecanismos que parecen engendros de ficción. Baluartes de otro tiempo que ante la mirada de un artista retumban como esperpentos en el espacio etéreo. Aunque me quejo en demasía, y me parece que todo sigue igual, creo que soy completamente injusta. El trabajo del campo y el ganado ha cambiado mucho, y de qué forma; y hemos cambiado nosotros..., y la  vaqueriza, y las vacas...¡y la leche!

domingo, 23 de junio de 2013

Cultura evanescente

Qué cosas se leen por ahí, arriostradas de pesadumbre y teñidas de mentira. Más bien fundamentadas en pretensiones fatuas, o simplemente ambiciones; pero en todo caso carentes de realidad. La Cultura con mayúsculas no puede ni debe equivocarse con otras cosillas tildadas con esa homofonía que necesariamente se escribe con minúscula y está sujeta a toda una ventolera de desvaríos. La Cultura es otra cosa, y no caben equivocaciones ni engaños. Si se entiende correctamente, no tienen cabida los enfados ni resentimientos. Los medios de comunicación –en su vasta extensión– han propiciado la comprensión de los fenómenos culturales de una forma un tanto difusa; y hasta nos han hecho soñar con mentiras. En sentido amplio y manido, la cultura es todo y todo cabe en la cultura, pero cuando nos ceñimos a un concepto más restrictivo y clásico, la poda que hay que hacer sobre todo lo que se abriga bajo esa calificación de Cultura es inmensa, y todo queda reducido a la nada, o a muy poco. No solamente en nuestros pueblos, sino a nivel nacional e internacional, porque gran parte de lo que se vende no tiene ni la impronta Cultural que debe, ni la excelencia, ni siquiera la notoriedad productiva si no fuera por la potente promoción de los Media. Gran parte de obras artísticas o culturales, así tildadas, no pasan de ser meras mediocridades, pero están aupadas por la catapulta del dinero y sus mentores. Venden mucho y nadie las pone en duda. Por lo tanto, lo que pasa en Los Pedroches no creo que sea algo exclusivo de nuestra tierra (desgraciadamente), sino que se puede hacer extensivo a muchos otros lugares con idénticas consideraciones de pesadumbre. Cierto que en casa las cosas se ven más cerca y con más detalle, y por ello nos enervan más. Los ayuntamientos navegan en la misma ola del mare magnum nacional, afanándose en promover cultura de artificio, edulcorada con ingredientes al uso en todas las partes: libros de pacotilla (los más) que no pasarían el mínimo filtro de cualquier criterio templado de sensatez; actuaciones, pases y poses descarnados de calidad, y mayoritariamente favorecidos al son de las promotoras institucionalizadas; escritores y literatos enaltecidos al arrimo de aquellos que..., desgraciadamente también viven del arrimo de éstos. No, eso nada tiene que ver con la Cultura; se encuentra a un mundo de distancia (creo yo, miserable de mí). No soy yo la más cualificada (ja, ja, ja..., que no sé nada de nada) para menospreciar las creaciones de nadie ni su valor (que seguro que lo tienen); ni ceñir a nadie ni un ápice dentro o fuera de un concepto tal complejo. Personalmente pienso que la Cultura de verdad tiene más que ver con creaciones más solidas y forjadas en otras masas que vayan más allá del dinero, la fama y la promoción institucional. Muy poco de lo que se hace ahora pasará el tamiz del tiempo por sus bondades, y con ello se derrumba bastante de lo que se hace a todos los niveles y en muchos lugares. En la comarca las creaciones culturales son pocas, las de verdad (lamentablemente), y para fomentar la Cultura hay que apostar por la base: la buena formación a todos los niveles, desde pequeños, para tener individuos capacitados, ciudadanos y Cultura. Un artista no se hace en un día ni en un año, y la Cultura con mayúscula no sale de la nada, sino de la forja lenta en el temple del horno del tiempo; y del esfuerzo, en la busca de la calidad y la excelencia con el trabajo. Lo demás es pura superchería, parafernalia institucional y flirteo amoroso revestido de vanagloria con esa otra cultura de más arriba que adolece igualmente de quilates. Por todo esto pienso que la Cultura no es evanescente..., más bien existe una carencia grave de Cultura. Y cuán doloroso resulta decirlo, sobre todo cuando me sale de lo más hondo. ¡Cuánto me gustaría estar equivocada! (me voy a cosas más prosaicas..., ¡a la vaqueriza!)






sábado, 22 de junio de 2013

DIAS DE VERANO

El Reino de la luz está llegando a su cenit, y eso merece una sonrisa. En estos días turbios y tristones, de la semana pasada, se nos ha olvidado un tanto dónde nos encontramos. El año nos está brindando los días más amplios y luminosos, los más bonitos, y desde la mañana a la noche parece que haya un año, sobre todo cuando trabajas en el campo, en sintonía con la naturaleza. A pesar de todo, me gustan las jornadas interminables que tienes tiempo para todo, en que la vida parece dilatarse como una goma que la estiras y nunca se rompe. Antes del amanecer disfrutas esperando el aura en el horizonte, con el frescor de la noche que hace que te sientas vivas; luego ves salir al coloso en el horizonte de la dehesa con una pujanza enorme,  sintiéndose ya dueño de nuestras vidas, porque sabe que en muy pocas horas señoreará en lo alto sin rival; y hasta nos hará sufrir como peleles desvencijados, cuando quiere, ninguneando a ese Eolo a estas alturas ya le teme y se le esconde hasta en la sombra. Al mediodía ruge con el sable ardiente cuando quiere, afilado al temple del horno en el infierno, mirando con altivez la ínfima pequeñez de nuestros corazones fríos..., casi ateridos del invierno y de la mala vida. Pero es al atardecer, postrado en la lejanía y casi vencido, cuando más me gusta. Mirando esa lumbre evanescente que hace sangrar al cielo..., para que los amantes sueñen sus pasiones y se abracen al susurro de la noche. El inicio del verano marca un poco el ritmo del corazón, me parece, y es quizás el sol el que hace fluir la sangre de las emociones, con contraluces sistólicas que nos encienden las venas; y los desamores..., porque a veces también la soledad encuentra aquí su sitio. Ahora, cuando nos situamos al filo del cuchillo, entre la Primavera y el Verano, se pasea como nunca a la luz de la luna. Y se escuchan los rumores de la noche allá a lo lejos; y se sueña con el vibrar del aire y su impotencia; y se miran las luciérnagas con pasión infantil...; y se oyen los grillos y animales en la obscuridad más clara jugando al escondite. Y la música en la vaqueriza te acuna con esa melodía.., melosa..., a media voz, mediatizada con azúcar... que te hace un poco más romántica. A padre le gustan los sones de estos días de verano..., que acompasan un poco el sueño de la vida. 

martes, 18 de junio de 2013

Viooooooo...lencia Machista

De nuevo la sangre nos tiñe el alma; pero ahora en nuestra casa de Los Pedroches. La muerte de una anciana en Pozoblanco, y del presunto marido asesino, nos dejan de nuevo desolados y sin habla. En este mar de ignominia se te hiela el corazón, pues una y otra vez tenemos que gritar al infinito con el dolor de la desvergüenza humana y la impotencia toda. La última tragedia sentenciada en nuestra tierra nos pone sobre el tamiz de nuestros ojos la realidad más cruda, porque ahora tocamos muy de cerca la dramática verdad del machismo en la casa de nuestros vecinos. Resulta frustrante observar día a día las consecuencias de un problema cuya solución no se atina a corto plazo, ni siquiera a medio. En cientos de ocasiones he referido el fondo opaco del problema, y el imposible discernimiento por la vía rápida.  El machismo ancestral no se repliega en una hora ni en un día, porque está enraizado en lo más hondo de la sociedad. Este país es machista hasta la médula. Es cierto que los más jóvenes hemos nacido y crecido en un ambiente más abierto e igualitario que nuestros padres y abuelos, pero muy lejos de ese plano de igualdad que se presume en el Estado de Derecho. El Machismo no está en los papeles, sino en la cabeza, en las actitudes de muchos, en lo más hondo de las afectaciones y consideraciones de unos sobre otros. Y desigualdades sigue habiendo; y siguen existiendo discriminaciones graves; y en lo más hondo de muchos hombres y mujeres la patina de la igualdad es una mera falacia. La elevada cifra de veintisiete mujeres muertas este año es muy expresiva de que el mal no está atajado ni mucho menos; ni se puede atajar con cuatro parches. La Educación tiene muchas bazas en este asunto, y las debe tener,  y seguro que se va corrigiendo en parte (muy lentamente), pero el ancho mundo de las desigualdades (económicas, sociales...) es aún un inmejorable caldo de cultivo; así como la agresiva publicidad y consideración de la mujer como objeto de deseo, utilizando ese fondo oscuro que luego acaba donde todos sabemos (y no se me entienda mal). Estas muertes tan nuestras nos dejan sembrada el alma de incertidumbre. Porque tenemos una lección importante por aprender, y nos va la vida en ello.

viernes, 14 de junio de 2013

El Trenillo

El padre de mamá, el abuelo Juan, llamaba El Trenillo a la maquina del tren de carga y pasajeros que iba desde Villanueva del Duque a Peñarroya-Pueblonuevo. Debía ser poquita cosa y bien espectacular en aquellos años, en que la gente se movía menos que ahora. El silencio tétrico del Cerco del Soldado –decía el abuelo– era entonces un mar de ruidos y agitación constante, pues de arriba hacia abajo se escuchaba el temblor de la tierra, el maquineo irrefrenable de los lavaderos con el chirriar de las cintas y el volteo del mineral; y un despliegue ingente de obreros teñidos de suciedad entre la polvareda asfixiante de los montículos de las escombreras y vertederos. El trajín de un ejército humano embebido en el oficio, como autómatas del futuro que simplemente atienden a su labor mecánica. Un mundo de contraluces entre la mansedumbre de esta plebe, enrabietada por dentro, y la altivez de los jerifaltes extranjeros con sus rostros serenos, casas con distingo y juegos de copetín (porque el abuelo dice que ellos vivían bien). Al atardecer, con las obscuridad de la noche, anestesiada por un rato la quejumbre del cuerpo y el soniquete de los martillos, la ristra negra de soldados del infierno se lava la cara y las manos con gasolina (siempre a mano, y no solo por la suciedad); como un perro manso y cabezota, de mucha embergadura pero tardo movimiento, se despereza para vivir un rato en superficie la claridad de la noche. En los ventorros desperdigados del Soldado y las Morras los altivos mineros se desfogan con el tintorro y la pitarra de la tierra a grito limpio, con soniquetes aflamencados. La voz les sale de dentro..., de lo más hondo y negro del alma, porque allí  tienen los sentimientos más agarrados y sinceros, esos que nunca se se dicen; y hasta se atreven (a veces) en el calor de la noche con coplillas picantes entreveradas con tibios insultos a la empresa y a los jefes, que dormitan de la jornada en sus casas confortables con sus dulces familias. Hasta las altas horas de la mañana, en el despertar de la primavera, dura la juerga minera en la casa de Fernández; y se irán tarde a sus hogares con la sombra de la noche oscura..., y en el pensamiento las tinieblas de la mañana, que les esperaran abajo como todos los días..., como toda su vida. Con el repicar del campanillo de Santa Bárbara se marca el ritmo de la vida, y en la estación del Soldado le hace réplica diminuta la pequeña esquila de la casa del jefe de estación. A media tarde el zumbón de las máquinas resulta ensordecedor, y en las naves se carga y se descarga con tesón, porque en muy poco rato el convoy saldrá para Peñarroya-Pueblonuevo en su viaje interminable. En muy poco tiempo el Trenillo se aleja como un tiovivo en línea recta, cual escarabajo de metal por el valle buscando los silencios de la tarde. Hoy viaja el abuelo Juan para apalabrar unos lechones en el pueblo vecino, y mira con atención el lento discurrir por el camino de hierro; observando el paisaje desconocido que le brinda la mirada clara, donde solo el verdín del pasto de este monte descarnado le hace gracia. El Trenillo es cómodo y rápido como una centella –piensa en sus adentros–, y un lujo para viajar en estos tiempos, aunque se note en las posaderas de madera el retumbón de la vía en los desniveles. A unos metros de su asiento conversan en tibia parlamenta el cura y el administrador del Soldado, con dos de los civiles de Villanueva que miran escrutando la pinta de algotros pasajeros. El abuelo sonríe con su cándida mirada a una jovenzuela que tiene a su costado con una criatura de muy pocos meses: una hermosa madre de tez morena y larga cabellera, pero con muy poco lustre en el vestir y mirada perdida al infinito de la vida que le espera. Está callada y no atiende las jerigonzas de su niña. En la soledad de la tarde el Trenillo camina hacia su destino.
(A mi madre y al querido abuelo, que ya no me puede leer, pero le dedico lo que le contó a mamá, y ésta me lo cuenta a mí ahora)


QUE PARE EL TREN EN LOS PEDROCHES

QUE PARE EL TREN EN LOS PEDROCHES
Vista Parcial de la Manifestación en la Estación de Villanueva